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Joya literaria segunda parte

domingo, 22 de febrero del 2009 a las 20:29

Versión: J. RIBERA

Printed in Spain

Impreso en España

Depósito Legal B. 32.591-1-973

ISBN 84-7250-133-7 Tomo II

ISBN 84-7250-134- 5 Obra Completa

Impreso por Litografía Fisán, 5.I—. — Jaime Piquet, 7 Barcelona—17

Digitalización y corrección por Antiguo

LXXII

EL HEREDERO

Samuel fue a abrir la puerta a Gabriel y a Rodin. Este último dijo al judío:

—¿Sois el guardián de esta casa?

—Sí, señor.

—El señor abate Gabriel de Rennepont, que aquí veis —dijo Rodin señalando a su compañero—, es uno de los descendientes de la familia de Rennepont.

—¡Ah! me alegro mucho —dijo casi involuntariamente el judío, porque la nobleza y serenidad de alma del joven sacerdote se manifestaban en sus miradas de arcángel y en su frente blanca y pura, coronada ya de la aureola del mártir.

Samuel miraba a Gabriel con bondadosa e interesante curiosidad, pero conociendo que esta silenciosa contemplación debía serle incómoda, le dijo:

— Señor abate, el escribano no debe venir hasta las diez—. Gabriel le miró con sorpresa y contestó:

—¿Qué escribano?

—El Padre d'Aigrigny os lo explicará —apresuróse a decir Rodin.

Y dirigiéndose a Samuel añadió:

—Nos hemos adelantado un poco. ¿No podríamos esperar aquí a que llegase el escribano?

—Si queréis tomaros la molestia de entrar en mi habitación, os introduciré en ella.

—Os doy gracias y acepto —respondió Rodin. 

—Tened la bondad de seguirme —contestó el anciano.

Algunos momentos después, el joven sacerdote y el "socius", precedidos de Samuel, entraron en uno de los cuartos que este último ocupaba.

—El señor abate d'Aigrigny, que ha servido de tutor a Mr. Gabriel, debe venir muy luego a preguntar por nosotros —añadió Rodin—, ¿Tendríais la complacencia de hacerle entrar aquí?

—Así lo haré —respondió Samuel saliendo del cuarto.

El "socius" y Gabriel quedaron solos. A la mansedumbre, que por lo regular daba a las facciones del misionero un interesante atractivo, se añadía en este momento una expresión muy notable de tristeza, resolución y severidad.

Rodin, no habiendo visto a Gabriel hacía algunos días, dábale mucho que pensar el cambio que en él advertía; así es que durante el tránsito de la calle de Postas a la de San Francisco le había observado en silencio.

El joven sacerdote llevaba una larga sotana. Cuando el judío hubo salido, dijo a Rodin con voz firme:

—¿Me diréis al fin por qué, hace algunos días, no me ha sido posible hablar a su reverencia el Padre d'Aigrigny? ¿Por qué ha escogido esta casa para concederme esta entrevista?

—Me es imposible responder a esas preguntas —dijo fríamente Rodin—. Su reverencia no puede tardar en llegar, y él os oirá. Lo único que puedo deciros, es que nuestro reverendo padre desea esta entrevista con tanto afán como vos mismo; si ha escogido esta casa para conversar con vos, es porque tenéis un interés en hallaros aquí. Bien lo sabéis, aunque hayáis simulado sorprenderos oyendo al guardián hablaros de un escribano.

Diciendo esto, Rodin fijó su mirada investigadora e inquieta en Gabriel, cuyo rostro no expresaba más que sorpresa.

—No os comprendo —respondió Gabriel—, ¿Qué interés puedo tener en hallarme en esta casa?

—Os repito que es imposible que lo ignoréis —contestó Rodin observando atentamente a Gabriel.

—Ya os he dicho que lo ignoraba —respondió éste casi ofendido de la insistencia del "socius"

—¿Qué ha venido, pues, a deciros ayer vuestra madre adoptiva? ¿Por qué os habéis atrevido a verla sin el permiso del Padre d'Agrigny, según me han dicho esta mañana? ¿No os ha hablado de unos papeles de familia que llevabáis encima cuando os recogió?

—No señor —dijo Gabriel—. En aquella época mi madre adoptiva entregó esos papeles a su confesor, y luego pasaron a manos del Padre d'Agrigny. Por la primera vez, vuelvo a oír hablar de ellos.

—¿Según eso, aseguráis que no es sobre este asunto sobre el que vino ayer a hablaros Francisca Baudoin? —repitió tercamente Rodin, acentuando lentamente sus palabras.

—Ésta es ya la segunda vez que parece dudáis de lo que afirmo —dijo dulcemente el joven sacerdote, reprimiendo un movimiento de impaciencia—. Os aseguro que digo la verdad.

—Nada sabe —pensó Rodin, pues conocía bastante la sinceridad de Gabriel para no dudar ya después de una declaración tan positiva—. Suponía que estas graves faltas contra la disciplina prevenían de la necesidad de una conversación muy importante con vuestra madre adoptiva.

—La señora Baudoin ha querido hablar a un sacerdote y no a su hijo adoptivo —respondió seriamente Gabriel—, y he creído poderla oír: si he cerrado mi puerta, es porque se trataba de une confesión.

—¿Y qué era lo que tanto le urgía a Francisca Baudoin confesar?

—Muy pronto lo sabréis, cuando se lo diga a su reverencia, si es de su agrado el que lo oigáis —contestó Gabriel terminantemente.

Recordaremos al lector que los superiores de Gabriel habían logrado que ignorase enteramente lo interesante que le era por asuntos de familia el hallarse en la calle de San Francisco. La víspera, Francisca Baudoin, entregada a su dolor, no había pensado en decirle que las huérfanas debían acudir a esta misma cita, y si se hubiese acordado, las órdenes expresas de Dagoberto la hubieran impedido manifestar esta circunstancia al joven sacerdote.

Gabriel estaba muy ajeno de pensar en las relaciones de familia que le unían a las hijas del mariscal Simón, a la señorita de Cardoville, a Mr. Hardy, al príncipe Djalma y a Duerme en cueros; de modo que si entonces le hubiesen revelado que era el heredero de Mr. Mario de Rennepont, hubiera creído ser el único descendiente de esta familia.

Después de la conversación de Gabriel con Rodin, examinaba aquel los trabajos de los albañiles ocupados en desembarazar la puerta de las piedras que la tapiaban.

En aquel momento, el Padre d'Agrigny entró en el cuarto, acompañado de Samuel. Antes que Gabriel hubiese tenido tiempo de volverse. Rodin dijo en voz baja al Padre d'Aigrigny:

—Nada sabe, y el indio está seguro.

A pesar de su afectada serenidad, las facciones del Padre d'Aigrigny estaban alteradas, como las de un jugador que va a ver decidirse una partida de suma importancia. Hasta entonces todo había favorecido los proyectos de la Compañía, pero temblaba al pensar que todavía faltaban cuatro horas para el término fatal.

Habiéndose vuelto Gabriel, el Padre d'Aigrigny le dijo en tono afectuoso acercándose a él con la sonrisa en los labios y alargándole la mano.

—Mucho me ha costado, mi querido hijo, el negaros hasta este momento la entrevista que deseabais después de vuestro regreso. No menos penoso me ha sido el obligaros a una reclusión de algunos días. Si bien ninguna explicación tengo que daros con respecto a lo que os ordeno, os diré no obstante que he obrado así en obsequio vuestro.

—Debo dar crédito a vuestra reverencia —respondió Gabriel inclinándose.

El Padre d'Aigrigny conocía demasiado a los hombres para no haber notado la emoción del joven sacerdote y comprendido la causa. Parecióle de buen agüero esta impresión, y aumentó la seducción, la ternura y la amenidad, reservándose, sí preciso era, tomar otra máscara. Sentándose, dijo a Gabriel que, como Rodin, estuvo respetuosamente en pie: —¿Deseáis, mi querido hijo, tener conmigo una entrevista muy importante?

—Sí, padre mío —dijo Gabriel bajando la vista ante la brillante pupila parda de su superior.

—También tengo yo que deciros cosas muy importantes, oídme ahora, y después os explicaréis.

—Ya os escucho.

—Hace unos doce años, mi querido hijo —dijo afectuosamente el padre d'Aigrigny—, que el confesor de vuestra madre adoptiva, me hizo fijar en vos la atención hablándome de los progresos que hacíais en la escuela de los Hermanos, supe efectivamente que vuestra excelente conducta, y precoz inteligencia, eran dignos de un tierno interés; desde aquel momento se os observó, y al cabo de algún tiempo, viendo que en nada desmerecíais, me pareció que podríais ser algo más que un artesano: hablaron a vuestra madre adoptiva, y me encargué de que se os admitiese gratuitamente en una de las escuelas de nuestra Compañía; así os que la excelente mujer que os había recogido se vio libre de una carga, y un niño que hacía ya concebir grandes esperanzas, recibió por nuestros paternales cuidados todos los beneficios de una educación religiosa. ¿No es esto cierto, mi querido hijo?

—Es verdad, padre mío —respondió Gabriel bajando los ojos.

—A medida que crecíais se desarrollaban vuestras raras y excelentes virtudes: vuestra obediencia y sobre todo vuestra dulzura eran ejemplares: en los estudios hacíais rápidos progresos. Entonces ignoraba qué carrera querríais abrazar, pero estaba casi seguro, según vuestra disposición, que permaneceríais siendo un hijo querido de la Iglesia. No me engañé en mis esperanzas, o más bien, las habéis superado.

El Padre d'Aigrigny miraba atentamente y luego continuó:

—No os lo ocultaré, mi querido hijo: vuestra resolución me causó suma alegría, pues veía en vos una de las futuras antorchas de la iglesia y me envanecí de que brillase en medio de nuestra Compañía. Habéis soportado con valor las pruebas penosas, por lo que se os juzgó digno de pertenecernos.

—Escuchad atentamente, mi querido hijo, pues lo que voy a manifestaros es confidencial y de la mayor importancia, para vos y para la compañía de Jesús.

—Entonces, padre mío exclamó Gabriel interrumpiendo al Padre d'Aigrigny— no puedo, no debo oíros.

Y el joven sacerdote palideció, y por la alteración de sus facciones se conocía que interiormente luchaba consigo mismo; pero volviendo a su resolución primera, irguió la cabeza, y fijando su mirada segura en el Padre d'Aigrigny y Rodin, que se miraban mudos de sorpresa, añadió:

—Lo repito, padre mío, si se trata de cosas confidenciales de la Compañía, imposible me es oirlas.

—En verdad, mi querido hijo, que me dejáis parado. ¿Qué tenéis? ¿Por qué no podéis oírme?

—No puedo decíroslo, padre mío, antes de haberos manifestado también rápidamente lo pasado. Entonces comprenderéis, padre mío, que ningún derecho tengo a vuestras confianzas, porque muy pronto va a separamos un abismo.

Imposible sería pintar la mirada que Rodin y el Padre d'Aigrigny se dirigieron rápidamente al oír estas palabras de Gabriel; el "socius" empezó a roerse las uñas fijando en el sus ojos de reptil irritado; el Padre d'Aigrigny se puso pálido y su frente se cubrió de un frío sudor. Preguntábase aterrado si en el momento de ir a conseguir su objeto, sería Gabriel quien lo impediría, cuando se habían allanado todos los obstáculos en su favor. Desesperábale esta idea; no obstante, el abate se contuvo admirablemente, y respondió con afecto cariñoso:

—No puedo creer, hijo mío, que un abismo nos separe nunca, a no ser que fuese el abismo del dolor que me causaría alguna circunstancia contraria a vuestro bienestar; pero hablad, que os escucho.

—Efectivamente, hace doce años —dijo Gabriel con voz firme que por vuestros cuidados entré en un colegio de la Compañía de Jesús. Entré en él cariñoso, leal y confiado. El superior me dijo: la regla exige que escuchéis atentamente a vuestros compañeros, porque pueden tener malos pensamientos...

—No hay duda —interrumpióle el padre d'Aigrigny—, mi querido hijo, que ésta es la regla observada en nuestros colegios y con las costumbres de las personas de nuestra Compañía: "Que se denuncian mutuamente sin perjuicio del recíproco amor y caridad, y para su mayor progreso espiritual, particularmente cuando el superior lo ha mandado o pedido para mayor gloria de Dios".

—Lo sé — repuso Gabriel—, lo sé; en nombre de lo que hay más santo y sagrado entre los hombres me animaban al mal.

—Mi querido hijo —dijo el Padre d'Aigrigny, procurando ocultar bajo una aparente dignidad ofendida, su creciente y secreto terror— de vos a mí esas, expresiones son algo extrañas.

Rodin se separó de la chimenea en que estaba apoyado y empezó a pasearse a lo largo del cuarto con aire meditabundo.

—Muy doloroso me es —añadió el Padre d'Aigrigny—, verme obligado a recordaros, mi querido hijo, que nos debéis la educación que se os ha dado.

—Tales eran sus resultados padre mío —contestó Gabriel—. Hasta entonces había espiado a los otros niños con una especie de desinterés, pero las órdenes del superior me hicieron dar un paso más en esta innoble senda. Había llegado a ser delator para librarme de un castigo merecido. Era tanta mi fe, humildad y confianza, que me acostumbré a desempeñar con inocencia y candor un papel sumamente odioso; no obstante, una vez, lo confieso, atormentado por vagos escrúpulos, últimos impulsos de las generosas aspiraciones que en mí se trataba de sofocar, pregúnteme si el objeto caritativo y religioso que atribuían a estas delaciones, a este continuo espionaje, bastaba a absolverme, y di parte de mis temores al superior, quien me contestó que no me tocaba discernir sino obedecer, siendo así que él era el único responsable de mis acciones.

—Continuad, mi querido hijo; ¡ay! razón tenía en quererme oponer a vuestro viaje a América.

—Y la Providencia quiso que fuese en aquel país nuevo, fecundo y libre, en donde una rara casualidad me iluminase acerca del presente y del pasado, haciendo que al fin abriese los ojos —exclamó Gabriel—. Sí, en América fue, donde, humillado por tanta grandeza, hice juramento... —pero interrumpiéndose añadió—: Luego me explicaré, padre mío, acerca de este juramento, pero creedme —añadió el misionero, con un acento sumamente doloroso—, fue para mí un día fatal, funesto, aquel en que debí temer y acusar lo que durante tanto tiempo había bendecido y venerado. ¡Oh! os lo aseguro, padre mío —añadió Gabriel con los ojos humedecidos— no lloré entonces únicamente por mí.

—Conozco vuestro bondadoso corazón, temo que os hayáis extraviado, pero tened confianza en nosotros, como vuestros padres espirituales, que fortaleceremos vuestra fe, desgraciadamente debilitada, y disiparemos tas tinieblas que obscurecen vuestra vista; porque ¡ay! mi querido hijo, ilusionado tomáis algunas engañosas claridades por el puro resplandor del día. Continuad.

Mientras el Padre d'Aigrigny se expresaba de este modo, Rodin se detuvo, sacó de su bolsillo una cartera y escribió algunas líneas.

Gabriel cada vez estaba más pálido y conmovido, tenía que armarse de mucho valor para hablar como lo hacía, porque desde su viaje a América había llegado a conocer el formidable poder de la compañía; pero esta revelación de lo pasado, considerada desde el punto de vista de un presente más ilustrado, venía a ser para el joven sacerdote la excusa, o más bien, la causa de la determinación que pensaba declarar a su superior; quería manifestarlo todo francamente, a pesar del peligro que a sabiendas arrostraba, y continuó, pues, con voz alterada:

—Bien lo sabéis, padre mío; los últimos días de mi infancia, aquella edad dichosa de afectuosa e inocente alegría, los pasé en una atmósfera de temor, opresión y sospechoso espionaje. A las horas de estudio y de práctica, como única distracción, se nos permitían algunos paseos de tres en tres, nunca dos, porque entre tres la delación mutua es más fácil y porque la intimidad pudiera establecerse entre dos y producir esas santas y generosas amistades que conmueven el corazón y esto no conviene. A fuerza de dominarlo, llegó un día en que había perdido la sensibilidad; hacía seis meses que no había visto a mi hermano ni a mi madre adoptiva; vinieron al colegio; algunos años antes los hubiera acogido con manifiesta alegría mezclada de lágrimas, pero esta vez mis ojos permanecieron enjutos, mi corazón helado; mi madre y mi hermano se despidieron de mí entristecidos; no obstante, aquel dolor llamó mi atención, me horroricé entonces y tuve a cargo de conciencia aquella glacial insensibilidad que se había apoderado de mí desde que habitaba aquel sepulcro. Aterrado, quise salir de él mientras me quedaban aún algunas fuerzas. Entonces fue cuando os hablé, padre mío, sobre la elección de una carrera, porque en aquellos cortos momentos en que sacudía el letargo, habíame parecido oír a lo lejos la agitación de la vida activa y fecunda, laboriosa y libre, el afecto de familia. ¡Oh! sentía en aquel momento la necesidad de movimiento, de libertad, de nobles emociones; allí era donde hubiera recobrado la vida del alma que se extinguía; os lo digo, padre mío, al abrazar vuestras rodillas, que inundaba en lágrimas, la vida de artesano o de soldado me hubiera sido apreciable. Entonces me enterasteis de que mi madre adoptiva, a quien debía la vida, pues me había recogido extenuado de miseria, que mi madre adoptiva no tenía más que un objeto, un deseo, el de...

—El de veros ordenado —interrumpió el Padre d'Aigrigny—, porque aquella piadosa y perfecta criatura confiaba en que logrando vuestra salvación aseguraríais la suya; pero no se atrevía a manifestaros su idea temiendo que vieseis en ello un deseo interesado.

—Basta, padre mío. Penoso me es oíros afirmar un error: Francisca Baudoin nunca abrigó semejante idea.

— Mi querido hijo, sois bastante ligero en vuestros juicios. Yo os digo que esa ha sido la sola y única idea de vuestra madre adoptiva.

—Ayer, padre mío, me lo ha manifestado todo. Ambos hemos sido engañados.

—Según eso, mi querido hijo —dijo severamente el Padre d'Aigrigny a Gabriel —, ¿dais más crédito a las palabras de vuestra madre adoptiva que a las mías?

—Dispensadme el daros una contestación que sería desagradable para los dos, padre mío —dijo Gabriel bajando los ojos.

—Me diréis ahora —añadió el Padre d'Aigrigny con ansiedad—, lo que pretendéis. El Padre no pudo continuar, porque Samuel entró diciendo: "Un hombre de alguna edad desea hablar a Mr. Rodin".

—Yo soy, os doy las gracias —respondió el "socius" bastante sorprendido—. Y antes de seguir al judío entregó al Padre d'Aigrigny una hoja de su cartera sobre la que había algunas palabras escritas con lápiz.

Rodin salió del cuarto impaciente y deseando saber quién podía venir a buscarle a la calle de San Francisco. El Padre d'Aigrigny y Gabriel quedaron solos.

LXXIII

ROMPIMIENTO

Presa el Padre d'Aigrigny de mortales angustias, había tomado maquinalmente el billete de Rodin, y le tenía en la mano sin pensar en abrirlo; preguntábase el abate atemorizado, cómo terminaría Gabriel sus recriminaciones sobre lo pasado, y no se atrevía a contestar a sus reconvenciones, temiendo irritar al joven sacerdote, del cual dependían aún tan enormes intereses.

Las esperanzas del Padre d'Aigrigny quedaban enteramente desvanecidas.

Temiendo interrumpir o interrogar a Gabriel, el Padre d'Aigrigny esperaba, con mucho terror, el desenlace de esta conversación hasta entonces tan amenazadora. El misionero continuó:

—Es de mi deber, padre mío, proseguir la descripción de mi vida pasada, hasta el punto de mi partida para América; muy pronto comprenderéis por qué me impongo esta obligación.

El Padre d'Aigrigny le indicó con un ademán que podía hablar.

—Enterado del pretendido voto de mi madre adoptiva, me resigné por mucho que me costase, y dejé la triste casa en que había pasado una parte de mi infancia y de mi primera juventud, para ingresar en uno de los seminarios de la Compañía. No dictaba mi resolución una vocación religiosa irresistible, sino el deseo de pagar una deuda sagrada para con mi madre adoptiva. No obstante, el espíritu verdadero de la religión de Cristo es tan vivificante, que me sentí enardecido a la sola idea de practicar las adorables doctrinas del Divino Salvador. La que me había formado de un seminario, en nada se asemejaba al colegio en que hasta entonces había vivido, figurábaseme que era un lugar bendito, en el que se aplicaba a la vida común lo que hay de más puro y exaltado en la evangélica fraternidad; en donde para ejemplo, predicábase incesantemente el ardiente amor a la humanidad, las inefables dulzuras de la conmiseración y de la tolerancia, interpretando las inmortales palabras de Cristo en su sentido más fecundo; en donde se preparaba, en fin, por la habitual expansión de los más generosos sentimientos, a ese magnífico apostolado de enternecer a los ricos y dichosos con respecto a las angustias y padecimientos de sus hermanos, patentizándoles las terribles miserias de la humanidad... ¡Sublime y santa moral a que nadie puede resistirse cuando se predica con los ojos bañados en lágrimas y el corazón lleno de ternura y caridad!

Al pronunciar estas últimas palabras con emoción profunda, humedeciéronse los ojos de Gabriel, y su rostro resplandeció con angelical hermosura.

—Ese es, con efecto, mi querido hijo, el espíritu del cristianismo, mas debe estudiarse y explicarse el texto —respondió con frialdad el Padre d'Aigrigny—. A este estudio están dedicados especialmente los seminarios de nuestra Compañía. La interpretación del texto es obra de análisis, de disciplina y sumisión, y no trabajo de corazón y de sentimientos...

—Demasiado lo he visto, padre mío. A mi entrada en aquella casa, vi ;ay! desvanecidas mis esperanzas; mi corazón, que por un instante se había dilatado, volvió a contraerse; en vez del foco de vida, afecto y juventud que había soñado, hallé en aquel seminario, silencioso, la misma comprensión de todo impulso generoso, la misma inexorable disciplina, el mismo sistema de mutuas delaciones.

— El orden, la sumisión y la regularidad son los fundamentos principales de nuestra Compañía, mi querido hijo.

— ¡Ay! padre mío, la muerte y no la vida es la que así regularizaban; en medio de este anonadamiento de los principios generosos, me entregué al estudio escolástico y teológico. Sombríos y siniestros estudios.

—La teología, mi querido hijo dijo severamente el Padre d'Aigrigny— es una coraza para defender y cubrir el dogma católico, y una espada para atacar la herejía.

—No obstante, padre mío, Cristo y sus apóstoles ignoraban esa ciencia tenebrosa, y con sus palabras sencillas y tiernas regeneraba los hombres, y la esclavitud se convertía en libertad. El Evangelio, ese divino código, ¿no es muy suficiente para enseñar a los hombres a amarse? Pero ¡ay! en vez de explicárnoslo, por lo regular nos entretenían con las guerras de religión, enumerando los arroyos de sangre que habían corrido para agradar al Señor y anegar la herejía. Esperaré el momento fatal. En fin, padre mío, según lo requería la disciplina, "ahogándome en la agonía", apresuré el momento de cumplir el último acto de mi expirante voluntad: el voto de renunciar al ejercicio de mi albedrío.

—Acordaos, mi querido hijo —respondió el Padre d'Aigrigny, pálido y atormentado por angustias que iban en aumento— acordaos que la víspera del día fijado para que pronunciaseis vuestros votos, os propuse, según la regla de nuestra Compañía, que renunciaseis a entrar en ella, dejándoos enteramente libre, porque no aceptamos sino vocaciones voluntarias.

—Es verdad, padre mío —respondió Gabriel con dolorosa amargura —cuando debilitado y exánime por tres meses de soledad y de pruebas, me hallaba postrado, incapaz de hacer el menor movimiento, abristeis la puerta de mi celda, diciéndome—: "Si queréis, levantaos... caminad... sois libre..." —¡Ay! las fuerzas me faltaron; el único deseo de mi alma inerte y tanto tiempo paralizada, era el descanso del sepulcro... así es que pronuncié votos perpetuos y me entregué en vuestras manos, "como un cadáver".

—Y hasta ahora, nunca habéis faltado a esa obediencia de cadáver, como dijo efectivamente nuestro glorioso fundador; porque cuanto más absoluta es esta obediencia, más meritoria es.

Después de un momento de silencio Gabriel añadió:

—Siempre me habíais ocultado, padre mío, el verdadero objeto de la Compañía en que había entrado. La completa abnegación de mi voluntad se me había exigido en nombre de la mayor gloria de Dios; pronunciados mis votos no debía ser más que un instrumento dócil y obediente; pero debía ocuparme, según me decíais, en una obra santa, bella y sublime. Os creí, padre mío. ¿Cómo no había de dar crédito a vuestras palabras? Esperé... Un funesto acontecimiento cambió mi destino; una dolorosa enfermedad causada por...

—Hijo mío, inútil es que recordéis esas circunstancias.

—Perdonadme, padre mío, debo recordároslo todo; tengo derecho a que se me oiga; no quiero pasar por alto ninguno de los hechos que han dictado la inmutable resolución que tengo que anunciaros.

—Hablad, pues.

—Seis meses antes de mi partida para América —contestó Gabriel bajando la vista —me dijisteis que me destinabais a la confesión, y para prepararme a este santo ministerio me entregasteis un libro.

Gabriel volvió a titubear, aumentóse su rubor, y el Padre d'Agrigny apenas pudo dominar un ademán de impaciencia y de cólera.

—Me entregasteis un libro —añadió el joven sacerdote violentándose— un libro que contenía las preguntas que un confesor puede hacer a los muchachos, a las jóvenes y a las mujeres casadas. ¡Dios mío! —añadió Gabriel estremeciéndose a este recuerdo— nunca olvidaré aquel terrible momento. Era de noche; retiréme a mi cuarto llevando aquel libro según me dijisteis compuesto por uno de nuestros padres, y adicionado por un santo obispo. Con respeto, confianza y fe, abrí aquellas páginas. Al pronto nada comprendí; mas luego... sí... sobrecogido de vergüenza, quedé extático, y apenas tuve ánimo para cerrar con mano trémula aquel abominable libro, y fui inmediatamente a veros, padre mío, para acusarme de haber involuntariamente fijado la vista en aquellas páginas sin nombre, que equivocadamente habíais puesto en mis manos.

—Acordaos, que desvanecí vuestros escrúpulos, diciéndoos que un sacerdote, que estaba obligado a oírlo todo bajo el secreto de la confesión, nada debía ignorar para poder apreciarlo; que nuestra Compañía exigía la lectura de este "Compendium", como obra clásica, a los jóvenes diáconos, a los seminaristas y a los sacerdotes que se destinaban a la confesión.

—Os creí, padre mío; era tan poderosa en mí la costumbre de la obediencia, que, a pesar de mi horror, volví a llevarme el libro a mi cuarto y leí. ¡Oh, padre mío! ¡Qué terrible revelación de la más criminal y desordenada lujuria! Hallábame en todo el vigor de la edad, y hasta entonces mi ignorancia y la ayuda de Dios me habían sostenido en las crueles luchas contra los sentidos. ¡Oh! ¡qué noche! ¡qué noche! En medio del profundo silencio de mi soledad, deletreaba, estremeciéndome de confusión y espanto, aquel catecismo de monstruosos e ignorados desenfrenos.

—Habláis de ese libro en términos vituperables —dijo severamente el Padre d'Aigrigny—. Fuisteis víctima de la viveza de vuestra imaginación.

—Según eso, padre mío —respondió Gabriel con suma amargura no tengo derecho a quejarme de que mi mente, hasta entonces pura y virgen, se halle desde aquel momento empañada por monstruosidades que nunca hubiera sospechado.

—Esas son cuestiones que no os halláis aún en estado de juzgar —respondió bruscamente el Padre d'Aigrigny.

—No hablaré más de ellas, padre mío —dijo Gabriel, y continuó—: Una larga enfermedad me acometió después de aquella noche terrible. Cuando convalecí, lo pasado se me representaba como un sueño penoso. Me dijisteis que no me hallaba aún en estado de desempeñar ciertas funciones, y solicité con afán partir para las misiones de América. Durante algún tiempo que salía de un lugar en donde reinaban densas y pesadas tinieblas; por la vez primera después de tantos años sentí en mi pecho latir libremente mi corazón, me vi dueño de mi pensamiento, y me atreví a echar una ojeada sobre mi vida pasada, así como desde la elevada cumbre de una montaña se lanza una mirada al fondo de un lóbrego valle.

En aquel momento entró Rodin, e interrogándole el padre d'Aigrigny con una mirada significativa, el "socius" se le acercó y le dijo en voz baja, de modo que Gabriel no pudiese oírlo.

—Nada importante: han venido solamente a avisarme que el padre del mariscal Simón acaba de llegar a la fábrica de monsieur Hardy—. Y dirigiendo una mirada a Gabriel, pareció interrogar al Padre d'Aigrigny, quien bajó la cabeza—. No obstante —dijo, dirigiéndose a Gabriel, en tanto que Rodin volvía a apoyarse contra la chimenea—: Continuad, mi querido hijo: deseo saber cuál es la resolución que habéis formado.

—Voy a decírosla al momento, padre mío. Llegado a Charleston, el superior de nuestro establecimiento en aquella ciudad, a quien manifesté mis dudas acerca del objeto de la Compañía se encargó de aclararlas; con una franqueza asombrosa, me patentizó estas miras, de las que quizás no participaban todos los miembros de la Compañía, porque un gran número se hallaban en la misma ignorancia que yo, pero que los jefes seguían con perseverancia desde la fundación de la Orden. Quedé aterrado. Leí los casuistas. ¡Oh! padre mío, fue para mi otra horrible revelación, cuando a cada página de estos libros escritos por nuestros padres, leí la excusa, la justificación del robo, de la calumnia, de la violación, del adulterio, del perjurio, del asesinato, del regicidio... Cuando me hice cargo de que yo, sacerdote de un Dios de caridad, perdón y amor, pertenecía para siempre a una Compañía cuyos jefes profesaban doctrinas semejantes y se vanagloriaban de ello, hice ante Dios el juramento de romper para siempre los lazos que a ella me unían.

A estas palabras de Gabriel, el Padre d'Aigrigny y Rodin se dirigieron una mirada consternada: todo estaba perdido, su presa se les escapaba. Gabriel, muy conmovido por los recuerdos que invocaba, no echó de ver el movimiento de abate y del "socius" y continuó:

—A pesar de mi resolución, padre mío, de separarme de la Compañía, me fue muy doloroso el descubrimiento que había hecho. Después de un momento de silencio prosiguió:

Terminada mi misión, he vuelto, padre mío, resuelto a rogaros que me devolvieseis la libertad y me absolvieseis de mi juramento. Diferentes veces, aunque en vano, os he pedido una entrevista; ayer la Providencia dispuso que tuviese con mi madre adoptiva una extensa conversación; por ella he sabido el ardid de que se habían valido para violentar mi vocación, el sacrílego abuso que se hizo de la confesión para obligarla a entregar a manos extrañas las huérfanas que una madre moribunda confió a un leal soldado. Ya podéis conocer, padre mío, que si hubiese podido dudar en romper esos lazos, lo que ayer supe bastaría para que mi decisión fuese irrevocable. Pero en este momento solemne, debo deciros que no culpo a toda la Compañía; hay en ella muchos hombres sencillos, crédulos y confiados. En medio de su ceguedad, dóciles instrumentos, ignoran la obra a la cual les hacen cooperar: los compadezco, y pediré al Señor que los ilumine, como ha hecho conmigo.

—Según eso, hijo mío —dijo el Padre d'Aigrigny levantándose lívido y aterrado—. ¿venís a pedirme que rompa los lazos que os unen a la Compañía?

—Sí, padre mío; en vuestras manos hice un juramento, y os suplico que me relevéis de él.

—¿Queréis que todos los compromisos que contrajisteis libremente en otro tiempo, se consideren como nulos y de ningún valor?

—Sí, padre mío.

—¿Así que, hijo mío, en lo sucesivo no habrá nada de común entre vos y nuestra Compañía?

—No, padre mío, una vez que os suplico que me relevéis de mis votos.

—¿Pero sabéis, hijo mío, que la Compañía puede separaros pero que vos no podéis abandonarla?

— Mi petición os prueba, padre mío, la importancia que doy al juramento, una vez que os ruego me relevéis de él. No obstante, si os negáis, me consideraré libre de compromisos a los ojos de Dios y de los hombres.

—Es bastante terminante —dijo el Padre d'Aigrigny a Rodin, y en sus labios expiró su voz; tan profunda era su desesperación. De pronto, mientras que Gabriel con la vista baja esperaba la respuesta del Padre d'Aigrigny, que permanecía mudo e inmóvil, acudióle a Rodin una súbita idea, y notando que el abate tenía aún en la mano el billete que había escrito con lápiz, el "socius" se le acercó y le dijo en voz baja con aire normado:

—¿No habéis leído mi billete?

—Me había olvidado —contestó maquinalmente el abate.

Rodin se esforzó en reprimir un ademán de enojo, y dijo al Padre d'Aigrigny con voz tranquila:

—Entonces, leedlo.

—No bien hubo el abate echado una ojeada al billete, cuando un rayo de esperanza brilló en su fisonomía hasta entonces desesperada; estrechó la mano del "socius" con profundo reconocimiento y le dijo en voz baja: — Tenéis razón... Gabriel es nuestro.

LXXIV

LA REMUNERACIÓN

El Padre d'Aigrigny, antes de contestar a Gabriel, permaneció un momento absorto en sus ideas; su fisonomía, trastornada poco antes, se tranquilizaba poco a poco.

Preciso es confesar que el Padre d'Aigrigny, a pesar de su elocuencia, de la seducción de sus finos modales, de su agradable rostro y de su exterior de hombre de mundo refinado, quedaba a menudo obscurecido, dominado por la terrible firmeza, por la astucia profunda y diabólica de Rodin, aquel viejo repugnante, grasiento, miserablemente vestido, que muy rara vez salía de su humilde estado de secretario y de mudo oyente.

Tan grande es la influencia de la educación, que Gabriel, a pesar del rompimiento formal que había provocado, se hallaba aún intimado a presencia del Padre d'Aigrigny y esperaba con dolorosa angustia la respuesta del abate a su terminante petición de revelarle de sus antiguos juramentos.

"Su reverencia", habiendo sin duda combinado diestramente su plan de ataque, rompió al fin el silencio, dio un profundo suspiro, y su fisonomía, antes severa e irritada, tomó una expresión de tierna mansedumbre, diciendo luego a Gabriel con voz afectuosa:

—Perdonadme, mi querido hijo, por mi largo silencio, pero vuestra brusca resolución me ha sorprendido de tal modo, y despertado en mí ideas tan penosas, que he tenido que meditar durante algunos momentos para poder penetrar la causa de vuestra determinación, y creo haberlo conseguido. Así, mi querido hijo, ¿habéis reflexionado bien en la importancia del paso que vais a dar?

—Sí, padre mío.

—¿Estáis del todo determinado a abandonar la Compañía... aunque sea contra mi voluntad?

—Doloroso me sería, padre mío, pero me resignaría a ello.

—Efectivamente, debiera seros muy doloroso, mi querido hijo, porque habéis prestado libremente un juramento irrevocable, que, según nuestros estatutos, os comprometía a no abandonar a la Compañía sin el permiso de vuestros superiores.

—Padre mío, entonces ignoraba, bien lo sabéis, a cuánto me comprometía. Ahora, mejor informado, pido retirarme; mi único deseo es obtener un curato en alguna aldea lejos de París. Por lo tanto, padre mío, me sería muy sensible que me negaseis lo que...

—¡Oh! tranquilizaos, hijo mío, —contestó el Padre d'Aigrigny—. No me opondré ya más a vuestros deseos de separaros de nosotros.

—Según eso, padre mío, ¿me releváis de mis votos?

—No tengo poder para ello, mi querido hijo, pero escribiré inmediatamente a Roma para pedir la dispensa a nuestro general.

—Os doy las gracias, padre mío.

—Muy pronto, mi querido hijo, os veréis libre de los lazos que tanto os pesan, y los hombres de quienes renegáis no dejarán por eso de rogar por vos a fin de que Dios os preserve de mayores extravíos. Porque si vos os creéis libre de toda obligación para con nosotros, mi querido hijo, no nosotros para con vos; no quebrantamos tan fácilmente la costumbre de un cariño paternal. ¿Qué queréis? Nos miramos como ligados por los mismos beneficios que prodigamos a nuestros discípulos; así es que, siendo pobre y huérfano, os tendimos los brazos, tanto por el interés de que erais digno, como por aliviar de una pesada carga a vuestra buena madre adoptiva.

—Padre mío —dijo Gabriel con reprimida emoción—, no soy ingrato.

—Quiero creer que así sea, mi querido hijo. Ahora que he penetrado el verdadero motivo de vuestra resolución, es obligación mía el relevaros de vuestros juramentos.

—¿De qué motivos queréis hablar, padre mío?

—¡Ay, mi querido hijo! concibo vuestro temor. ¡Hoy en día nos amenazan tantos peligros! ... bien lo sabéis.

—¿Peligros, padre mío? —dijo Gabriel. 

—Imposible es, mi querido hijo, que ignoréis que después de la caída de los legítimos soberanos, nuestros apoyos naturales, la revolucionaria impiedad se hizo cada día más amenazadora, agobiándonos con persecuciones. De modo que, mi querido hijo, comprendo y aprecio como debo los motivos que, en circunstancias semejantes, os obligan a abandonarnos.

—¡Padre mío! no penséis eso de mí... no podéis pensarlo. El Padre d'Aigrigny, sin hacer caso de la protesta de Gabriel, continuó el cuadro imaginario de los peligros que amenazaban a su Compañía, que muy lejos de hallarse en semejante caso, volvía otra vez a ejercer sordamente su influencia.

—¡Oh! si nuestra Compañía fuese tan poderosa como hace pocos años, si se hallase rodeada del respeto y acatamiento que los verdaderos fíeles la deben, a pesar de las abominables calumnias con que nos persiguen, entonces quizás, mi querido hijo, hubiéramos titubeado en relevaros de vuestros juramentos, abriéndoos los ojos a la luz, y arrancándoos al fatal vértigo que se ha apoderado de vos; pero en el día, que nos .hallamos débiles, y por todas partes amenazados, es en nosotros deber y caridad no obligaros a participar, contra vuestra voluntad, de los peligros a los cuales tan advertidamente queréis sustraeros.

—Padre mío —contestó con voz conmovida y los ojos anegados en lágrimas—, vuestras palabras son crueles... injustas; porque sabéis que no soy cobarde.

—No —dijo Rodin con voz mordaz dirigiéndose al Padre d'Aigrigny, indicando a Gabriel con una mirada desdeñosa—, vuestro querido hijo es... prudente.

Estremecióse Gabriel al oír estas expresiones de Rodin; sus pálidas mejillas se sonrosaron; sus grandes ojos brillaron con un generoso enojo; pero ateniéndose a los preceptos de humildad cristiana, reprimió este impulso, bajó la cabeza y, demasiado conmovido para responder, se calló, enjugando una lágrima furtiva. Notó el "socius" esta lágrima, y vio sin duda en ella un síntoma favorable, porque dirigió otra mirada satisfactoria al Padre d'Aigrigny. Este iba a tocar una cuestión dificilísima, de modo que, a pesar de saberse reprimir, su voz se alteró, cuando por decirlo así, animado, impelido por una mirada de Rodin, que prestó aún más atención, dijo a Gabriel:

—Otro motivo nos obliga aún a no titubear en relevaros de vuestros juramentos, mi querido hijo, es una cuestión muy delicada. Ayer, probablemente, habréis sabido por vuestra madre adoptiva, que acaso estabais próximo a entrar en posesión de una herencia... cuyo valor se ignora.

Gabriel levantó la cabeza y dijo al Padre d'Aigrigny:

—Ya he asegurado a Mr. Rodin que mi madre adoptiva vino a hablarme solamente de sus escrúpulos de conciencia. Ignoraba que existiese la herencia de que me habláis.

La indiferencia con que el joven sacerdote pronunció estas últimas palabras no se escapó a Rodin.

—Bien —contestó el Padre d'Aigrigny—; lo ignorabais; quiero creerlo, aunque todas las apariencias tiendan a probar lo contrario, a justificar que el conocimiento de esa herencia ha sido también uno de los motivos que os han determinado a abandonarnos.

—No os comprendo, padre mío.

—Sin embargo, es bien sencillo; a mi modo de ver, vuestro rompimiento tiene dos motivos; el uno que nos hallamos amenazados y juzgáis prudente abandonamos...

— ¡Padre mío!

—Permitidme que acabe, y que pase al segundo motivo; si me equivoco ya me lo diréis. Los hechos son estos: en otro tiempo, y por si llegaba el caso de que vuestra familia, cuya suerte ignorabais, os dejase algunos bienes, habíais hecho; en cambio de los cuidados que la Compañía os había prodigado, una donación futura de todo lo que pudierais llegar a poseer, no a nosotros sino a los pobres cuyos tutores natos somos.

—Y bien, padre mío —preguntó Gabriel no sabiendo aún a dónde iría a parar aquel preámbulo.

Ahora, mi querido hijo, que estáis seguro de disfrutar alguna comodidad... sin duda queréis, separándoos de nosotros, anular esta donación que hicisteis en otro tiempo.

—Para hablar más claro, faltáis a vuestro juramento porque nos hallamos perseguidos, y porque queréis recobrar vuestros bienes —añadió Rodin con voz aguda, como para resumir de un modo terminante la posición de Gabriel con respecto a la Compañía de Jesús.

A esta infame acusación, Gabriel no pudo hacer otra cosa que levantar las manos y los ojos al cielo, exclamando con expresión dolorosa:

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

El Padre d'Aígrigny, habiendo dirigido a Rodin una mirada de inteligencia, dijo a éste con tono severo, aparentando reprenderle por su franqueza:

—Creo que vais demasiado lejos; nuestro querido hijo hubiera obrado del modo infame que decís, a haber conocido su nueva posición de heredero; pero ya que asegura lo contrario, preciso es creerle, a pesar de las apariencias.

—Padre mío —dijo al fin Gabriel, pálido, trémula y dominando su dolorosa indignación—; os doy las gracias por haber al menos suspendido vuestro juicio. No, no soy cobarde, porque Dios es testigo de que ignoraba los peligros que amenazan a vuestra Compañía: no, no soy infame, ni avaro, porque Dios es testigo de que sólo en este momento he sabido por vos, padre mío, la posibilidad de que me pertenezca una herencia, y que... 

—Permitid, mi querido hijo; hace poco que me hallo enterado dé esta circunstancia por una gran casualidad —dijo el Padre d'Aigrigny interrumpiendo a Gabriel—, y esto, mediante los papeles de familia que vuestra madre adoptiva había entregado a su confesor. Poco antes de vuestro regreso de América, arreglando los archivos de la Compañía, vuestro legado de documentos vino a parar a manos de nuestro abate procurador; examinándolos, hemos sabido que uno de vuestros abuelos paternos, a quien pertenecía la casa que estamos, ha dejado un testamento que debe abrirse hoy a las doce.

Gabriel había escuchado al Padre d'Aigrigny con impaciencia dolorosa, así es que prorrumpió:

—¿Y sois vos, padre mío, el que me creéis capaz de retirar una donación que he hecho espontáneamente en favor de la Compañía, en retribución de los cuidados que tan generosamente me ha prodigado? ¿Me creéis tan infame que reniegue de mi palabra porque voy quizá a poseer un modesto patrimonio?

—Ese patrimonio, mi querido hijo, puede ser corto o considerable. 

—Bien, padre mío, aunque cuando se tratase de una fortuna regia —exclamó Gabriel, con una indiferencia noble— : no me expresaría de otro modo: tengo el derecho de que se me crea, y esta es, pues, mi resolución. La Compañía a que pertenezco se halla amenazada, según decís: me convenceré de esos peligros, y si son reales, a pesar de mi determinación que moralmente me separa de vos, padre mío, esperaré hasta que hayan pasado esos peligros para retirarme. Con respecto a esa herencia os la cedo formalmente, según a ello me había obligado voluntariamente; mi único deseo es que esos bienes se empleen en alivio de los pobres. Ignoro a cuánto asciende esa fortuna; pero pequeña o grande, pertenece a la Compañía. Ya os lo he manifestado, padre mío, mi deseo es obtener un modesto curato en alguna pobre aldea. Sí, sobre todo pobre, porque así mis servicios serán más útiles. De modo que, padre mío, cuando un hombre que no ha mentido en su vida asegura que no anhela sino una existencia humilde, desinteresada, me parece que debe mirársele como incapaz de recobrar por avaricia las dádivas que ha hecho.

Costóle tanto al Padre d'Aigrigny dominar su alegría, como trabajo le había antes costado ocultar su terror; no obstante, aparentó serenidad, y dijo a Gabriel:

—No esperaba menos de vos, mi querido hijo.

En seguida hizo una seña a Rodin para que interviniese.

Éste comprendió perfectamente a su superior; separóse de la chimenea, y aproximándose a Gabriel se apoyó en una mesa en que había tintero y papel, y golpeando maquinalmente en el bufete con las yemas de sus dedos nudosos con uñas chatas y sucias, dijo al Padre d'Aigrigny:

—Todo esto es muy santo y muy bueno, pero vuestro amado hijo no os da en garantía más que una promesa, un juramento, y es poca cosa.

—¡Señor mío! —exclamó Gabriel.

—Permitid —contestó fríamente Rodin—, no reconociendo la ley nuestra existencia, no puede hacer constar los donativos hechos en favor de la Compañía. Por consiguiente, podréis recobrar mañana lo que hoy dais.

—¡Y mi juramento! —dijo Gabriel. Rodin, mirándole fijamente le respondió:

—¿Vuestro juramento? También lo habíais hecho de obediencia eterna a la Compañía, jurando no separaros nunca de ella; y hoy ¿qué valor dais a ese juramento?

Turbóse Gabriel un instante, pero aun conociendo cuan falsa era la comparación de Rodin, se levantó con calma, y sentándose delante del bufete, tomó pluma y papel, y escribió lo siguiente:

"Delante de Dios que me ve y me oye; ante vos, R. Padre d'Aigrigny y Mr. Rodin, testigos de mi juramento, renuevo en este momento libre y voluntariamente la donación completa que he hecho a la Compañía de Jesús, en la persona del R. Padre d'Aigrigny, de todos los bienes que van a pertenecerme, sea cual fuere su valor. Juro, bajo pena de infamia, llevar a cabo esta promesa irrevocable, cuyo cumplimiento considero como el pago de una deuda de reconocimiento y un piadoso deber.

"Siendo el fin de esta donación remunerar pasados servicios y socorrer a los pobres, suceda lo que quiera en lo venidero, no podrá variarse en lo más mínimo; y por lo mismo que no ignoro que "legalmente" pudiera algún día pedir la anulación de esta acta que extiendo libremente, declaro que si llegase a pensar en revocarla, cualesquiera que fuesen las circunstancias, mereceré el desprecio de las gentes honradas.

"En fe de lo cual escribo esto el 13 de Febrero de 1832, en París, al abrir el testamento de uno de mis ascendientes paternos.

Gabriel de Rennepont".

Y levantándose el joven sacerdote, entregó esta acta a Rodin. Leyóla el "socius" atentamente, y respondió a Gabriel:—Y bien, esto no es más que un juramento escrito.

Gabriel quedó pasmado de la audacia de Rodin, que se atrevió aún a juzgar insuficiente el acto por la cual acababa de renovar la donación de un modo tan generoso y espontáneo. El "socius" fue el primero que rompió el silencio y dijo con fría imprudencia, dirigiéndose al Padre d'Aigrigny:

—Una de dos, o vuestro querido hijo Gabriel tiene la intención de hacer que esta donación sea valedera e irrevocable, o...

—Caballero —exclamó Gabriel interrumpiendo a Rodin— evitadnos a ambos una vergonzosa suposición.

—Pues bien, añadió Rodin impasible— ya que estáis enteramente decidido a hacer esta donación con formalidad, ¿qué inconveniente tendríais en que se garantizase legalmente?

—Ninguno —contestó Gabriel con amargura— ya que mi palabra escrita y jurada no os basta.

—Mi querido hijo —dijo con dulzura el Padre d'Aigrigny— si se tratase de una donación en beneficio mío, creedme que en caso de aceptarla, vuestra palabra fuera garantía suficiente. Pero en el caso en que nos hallamos es muy diferente; según os he dicho, represento a la Compañía, o más bien soy el tutor de los pobres que disfrutarán de vuestra generosa donación; así es que, por interés de la humanidad, este acta nunca se hallará demasiado garantizada por las formalidades legales, para que venga a ser para nuestra clientela de desgraciados una seguridad, en vez de una vaga esperanza que al menor cambio de voluntad pudiera variar; y además, si Dios, de un momento a otro os llamase a Sí, ¿quién nos asegura que vuestros herederos se hallarían dispuestos a mantener el juramento que habéis hecho?

—Tenéis razón, padre mío —exclamó tristemente Gabriel— no había pensado en el caso de fallecimiento, que es tan probable.

Abrió Samuel la puerta del cuarto en aquel momento, y dijo:

—Señores; acaba de llegar el escribano, ¿puedo hacerle entrar? A las diez en punto abriré  la puerta de la casa.

—Nos producirá gran satisfacción ver al señor escribano —dijo Rodin, pues tenemos que hablar con él: tened la bondad de rogarle que entre.

—Voy a decírselo al instante —contestó Samuel saliendo del cuarto.

—Aquí tenemos a un escribano —dijo Rodin a Gabriel—. Si no habéis mudado de voluntad, ante él podéis regularizar vuestra donación y libraros así de un gran peso para lo futuro.

—Caballero —dijo Gabriel, suceda lo que suceda, tan irrevocablemente empeñado me consideraré por este juramento escrito, que os ruego conservéis, padre mío —y Gabriel entregó al Padre d'Aigrigny el papel— como por el acta auténtica que voy a firmar —añadió dirigiéndose a Rodin.

—Silencio, mi querido hijo, aquí viene el escribano —dijo el Padre d'Aigrigny. El escribano entró, en efecto, en el cuarto.

Durante la conversación de estos cuatro personajes, conduciremos al lector al interior de la casa tapiada.

LXXV

EL SALÓN ENCARNADO

Según Samuel había dicho, la puerta principal de la casa tapiada había sido desembarazada de los ladrillos que la cubrían, así como de la plancha de plomo y de las abrazaderas de hierro.

Los albañiles, habiendo terminado la demolición, permanecían en frente de la puerta, tan deseosos como el pasante del escribano, que había presenciado sus trabajos, de asistir a la apertura de esta puerta, porque veían a Samuel que se adelantaba lentamente por el jardín con un manojo de llaves en la mano.

—Ahora, amigos míos dijo el anciano llegando al pie de la escalera—, vuestra tarea está terminada; el señor escribano os satisfará vuestro trabajo; no falta más que os acompañe hasta la puerta de la calle.

—Vamos, buen hombre —dijo el escribiente—, no seáis así, nos hallamos en el momento más interesante; yo y estos honrados albañiles anhelamos ver el interior de esta casa misteriosa, ¿y seríais tan inhumano que nos despediríais?

—Muy sensible me es el verme obligado a ello, pero es preciso; debo ser el primero que entre en esta morada, enteramente solo, antes de introducir en ella a los herederos para la lectura del testamento.

—¿Pero quién os ha dado esas órdenes tan ridículas? —contestó el escribiente algo enojado.

—Mi padre, señor.

—No hay duda que es muy respetable, pero vamos, sed buen hombre, mi digno guardián, mi excelente guardián —replicó el escribiente—, dejadnos echar sólo una ojeada con la puerta entreabierta.

—¡Oh! sí, señor, nada más que una ojeada añadieron los compañeros de paleta con aire suplicante.

—Muy desagradable me es el negároslo, señores respondió Samuel—, pero no abriré la puerta hasta que me halle solo.

Los albañiles, viendo la inflexibilidad del anciano, bajaron a su pesar las gradas de la escalera, pero el escribiente se propuso disputar el terreno a palmos, y exclamó:

—Yo espero a mi principal, y no me iré de esta casa sin él; puede necesitarme; así que esté en la escalera o en cualquiera otra parte, poco os importa.

Interrumpió al escribiente la voz de su principal, que desde el patio le llamaba con urgencia, gritando:

—¡Sr. Pistón, pronto, Sr. Pistón! venid al momento.

—¿Qué diablos me querrá? —dijo el escribiente enojado—. Me llama cabalmente en el momento en que iba quizás a entrever alguna cosa.

— ¡Sr. Pistón! replicó la voz acercándose—, ¿no me oís?

Mientras que Samuel acompañaba hasta la puerta a los albañiles, el escribiente vio comparecer detrás de un grupo de verdes árboles a su principal, con la cabeza descubierta y con aire de ansiedad. Preciso le fue al escribiente bajar la escalera para acudir al llamamiento del escribano, lo cual hizo de muy mala voluntad.

—Pero señor —dijo Mr. Dumesnil —; hace una hora que estoy llamando.

—Señor, no lo había oído —respondió Mr. Pistón.

—Entonces, estáis sordo. ¿Lleváis dinero? 

—Sí, señor —respondió el escribiente muy sorprendido.

—Pues bien, id al momento al estanco más cercano a buscar tres o cuatro pliegos de papel sellado para extender un acta. Daos prisa, que es muy urgente.

—Sí, señor —contestó el escribiente dirigiendo una mirada desesperada a la puerta de la casa tapiada.

—Pero ¿qué hacéis, señor Pistón? —repuso el escribano.

—Es que ignoro donde hallaré el papel sellado.

—Aquí está el guardián —contestó monsieur Dumesnil— que sin duda nos lo dirá.

Samuel volvía de despedir a los albañiles.

—Señor —dijo el escribano— ¿tendríais la bondad de decirme en dónde podríamos hallar papel sellado?

—Aquí cerca —respondió Samuel— en casa del vendedor de tabaco de la calle vieja del Temple, número 17.

—¿Lo oís, señor Pistón? —dijo el escribano a su dependiente—. Id volando, porque es preciso que esta acta esté extendida al ins

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Sobre esta anotación

LosbrolisdeAnibalFue

LosbrolisdeAnibalFue escribió esta anotación hace 9 meses. En ella habla sobre El Judio Errante De Eugenio Sue Segunda Parte.

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