Va una joya literaria

Versión. J. RIBERA
Printed in Spain
Impreso en España
Depósito Legal B. 32.591 —1.973
ISBN 84 —7250 —132—9 Tomo I
ISBN 84 —7250 —134 —5 Obra Completa
Impreso por Litografía Fisin, S.L. —Jaime Piquel, 7 Barcelona—17
AMR.C.P.
Digitalización y corrección por Antiguo.
Aceptad la dedicatoria de este libro, mi querido Camilo; es un recuerdo de sincera amistad y a la par un testimonio de vivo agradecimiento. Nunca olvidaré que vuestros excelentes trabajos, frutos de una larga y hábil experiencia, me han servido para poner de relieve y en movimiento en mi modesta esfera de narrador, algunos hechos consoladores o terribles, mas o menos relacionados con el problema de la organización del trabajo, cuestión que dominará bien pronto todas las otras, por ser de vida o muerte para las masas.
Si en la mayor parte de los episodios de esta obra, he intentado poner de manifiesto la acción admirablemente benéfica y práctica que un hombre de corazón noble y de espíritu ilustrado, podría ejercer sobre la clase obrera, a vos os lo debo.
Si por contraste he pintado las horribles consecuencias del olvido de la justicia, de toda caridad, de toda simpatía hacia los desgraciados, que llenos de privaciones, de miserias y de dolor, hace mucho tiempo sufren en silencio sin reclamar más que el derecho al trabajo, es decir, un salario cierto, proporcionado a sus labores y a sus módicas necesidades, a vos también debe agradecerse.
La tierna y respetuosa afección que os profesa esa muchedumbre de obreros a quien empleáis, y cuya condición moral y material mejoráis cada día, es una de esas raras y gloriosas excepciones que hacen más censurable aún el egoísmo, al cual un pueblo de trabajadores honrados y laboriosos se ve con frecuencia impunemente sacrificado.
Adiós, amigo; dedicaros este libro, a vos, artista eminente, a vos, uno de los más nobles corazones y de los más claros talentos que conozco, es manifestar que a falta de ingenio, se encontrarán por lo menos en mi obra tendencias saludables y convicciones generosas. Es todo vuestro.
EUGENIO SUE.
París 25 de junio de 1844.
PRÓLOGO
El Océano polar rodea con un cinturón de eterno hielo las desiertas orillas de la Siberia y de la América del Norte... Esos postreros límites de dos mundos, separados por el estrecho canal de Bering.
Acaba el mes de septiembre.
El equinoccio ha traído las tinieblas y tormentas boreales; la noche reemplazará pronto a uno de esos días polares tan cortos, tan lúgubres...
El cielo teñido de un azul violáceo está iluminado por un sol sin color, cuyo disco descolorido, elevado apenas sobre el horizonte, palidece ante el deslumbrador espectáculo de la nieve que cubre una inmensa llanura.
Este desierto está limitado al Norte por una costa erizada de rocas negruzcas, gigantescas, a cuyo pie titánico está encadenado aquel océano petrificado que tiene por olas inmóviles, grandes cadenas de montañas de hielo cuyas azuladas cimas desaparecen a lo lejos en nivosa bruma.
Al Este, entre las dos puntas del cabo Onlikine, confín oriental de la Siberia, se percibe una línea de color verde oscuro donde se arrastran lentamente enormes témpanos de hielo. Es el estrecho de Bering.
Finalmente, más allá del estrecho, y dominándole, se alzan las masas graníticas del cabo de Galles, punta extrema de la América del Norte.
Estas desoladas latitudes no pertenecen ya al mundo habitable: con el frío que allí se experimenta, las piedras estallan, los árboles se rajan y el terreno se agrieta, lanzando de su seno pedazos de hielo que brillan como el cristal. Ningún ser humano podría resistir la soledad de aquellas regiones de tempestades, muerte y de hambre.
No obstante, ¡cosa extraña!, se ven señales de pisadas sobre la nieve que cubre aquellos desiertos, últimos límites de dos continentes divididos por el canal de Bering.
Por el lado de la tierra americana, la señal de las pisadas anuncian el paso de una mujer.
Se ha dirigido hacia las rocas desde donde se descubren más allá del estrecho las estepas nevadas de la Siberia. Por el lado de la Siberia, la huella, que es mayor y más profunda, revela el paso de un hombre. También él se ha dirigido hacia el estrecho.
Diríase que aquel hombre y aquella mujer, llegando así por opuestos caminos a las extremidades del globo, esperaban avistarse al través del estrecho brazo de mar que separa ambos mundos.
¡Cosa más rara todavía! Aquel hombre y aquella mujer han atravesado estas soledades durante una horrible tempestad.
Algunos negros y añosos cedros, plantados sin orden en estos desiertos como cruces en un cementerio, han sido arrancados, hechos pedazos y arrojados a lo lejos por la tormenta.
A este furioso huracán que arranca los grandes árboles, que conmueve las montañas de hielo y las hace chocar una contra otra con espantoso ruido, a este huracán furioso, han hecho frente los dos viajeros.
Le han hecho frente sin apartarse un momento de la línea invariable que seguían, lo cual se adivina por las huellas de su marcha igual, recta y firme.
¿Quiénes son estos dos seres que caminan siempre tranquilos en medio de las convulsiones y los trastornos de la naturaleza?
Fatalidad, azar o intento, bajo la suela de los zapatos del hombre, siete clavos salientes forman una cruz en esta forma:

que deja impresa en la nieve por donde pasa.
Al ver sobre la nieve dura y tersa estas profundas huellas, diríase que un suelo de mármol había sido marcado con un pie de bronce.
Pronto una noche sin crepúsculo sucede a la claridad del día.
¡Noche siniestra!
A favor de la brillante refracción de la nieve se ve la llanura extender su blancura infinita bajo una inmensa cúpula de un azul tan oscuro, que parece negro: las pálidas estrellas piérdense en la profundidad de esta bóveda sombría y helada.
El silencio es solemne.
Una débil luz aparece en el horizonte, hacia el estrecho de Bering.
Es una claridad dulce, azulada, como la que precede a la salida de la luna; esta claridad aumenta después, brilla, y se tiñe de un ligero color de rosa.
En los demás puntos del cielo crecen las tinieblas, y apenas la blanca extensión del desierto, poco ha tan visible, se distingue del negro capuz del firmamento.
En medio de esta oscuridad se oyen ruidos confusos y extraños. Creeríase alternativamente el vuelo ligero o pesado de grandes aves nocturnas extraviadas, rozando la superficie de la llanura; pero no se oye ni un grito.
Este mudo espanto anuncia la cercanía de uno de esos importantes fenómenos que llenan de terror a todos los seres animados, desde los más feroces hasta los más inofensivos...
Una aurora boreal, espectáculo tan frecuente y tan magnífico en las regiones polares, brilla de repente.
Aparece en el horizonte un semicírculo de brillante claridad; de su centro deslumbrador se desprenden columnas enormes de luz que, elevándose a alturas inconmensurables, iluminan el cielo, la tierra, el mar... Entonces reflejos ardientes como los de un incendio caen sobre la nieve del desierto, tiñendo de púrpura la azulada cima de las montañas de hielo y de un rojo oscuro las altas rocas de dos continentes.
Después de haber despedido este magnífico resplandor, la aurora boreal palidece por grados y sus vivas claridades se extinguen en una niebla luminosa.
En ese momento por una singular ilusión de óptica, muy frecuentes en aquellas latitudes, la costa americana, aunque separada de la Siberia por la anchura de un brazo de mar, se vio de repente tan cercana, que al parecer, se hubiera podido echar un puente de un mundo al otro.
Entonces en medio del vapor transparente que se extendía entre ambas tierras, aparecieron dos figuras humanas.
En el cabo de la Siberia un hombre arrodillado extendía los brazos hacia la América con expresión indefinible de desesperación.
En el promontorio americano, una mujer joven y hermosa respondía a la actitud desolada de aquel hombre, mostrándole el cielo.
Durante algunos segundos, estas dos grandes figuras se dibujaron así, pálidas y vaporosas, a los últimos resplandores de la aurora boreal. Pero espesándose la niebla poco a poco, todo desapareció en las tinieblas.
¿De dónde venían aquellos dos seres que se encontraron bajo los hielos polares en la extremidad de los mundos?
¿Quiénes eran aquellas dos criaturas reunidas un momento por una ilusión de óptica, y que parecían separadas por la eternidad?
CAPITULO I
MOROK
El mes de octubre de 1831 toca a su término. No obstante ser de día, una lámpara con cuatro mecheros ilumina las paredes cuarteadas de un ancho desván, cuya única ventana está cerrada. Una escala que rebasa la abertura de una trampa, sirve de escalera.
Esparcidas por el suelo y sin orden, se ven cadenas de hierro, argollas con puntas agudas, cabezones con dientes de sierra, frenos erizados de clavos, largas varas de acero con mangos de madera. Se divisan en un rincón un braserillo portátil semejante a los que emplean los hojalateros para fundir el estaño. El carbón está amontonado encima de virutas secas; una chispa bastaría para encender instantáneamente aquel brasero.
Cerca de aquellos montones de instrumentos siniestros que parecen propios del taller de un verdugo, hay algunas armas que pertenecen a las edades pasadas. Una cota de malla, con anillos tan flexibles, finos y unidos que parece un ligero tejido de acero, está extendida sobre un cofre al lado de las demás piezas de una armadura de hierro en buen estado, guarnecida de correas. Una maza de armas, dos largas picas triangulares con astil de fresno, fuertes y ligeras a la vez y sobre las cuales se distinguen manchas de sangre fresca, completan esta panoplia un tanto rejuvenecida por dos carabinas tirolesas cargadas y montadas.
Extrañamente mezclada a este arsenal de armas mortíferas o instrumentos bárbaros, encuéntrase una colección de objetos harto diferentes, como son, cajitas de vidrio que encierran rosarios, cuentas, medallas, "Agnus Dei", pilas de agua bendita, estampas de santas imágenes; y finalmente, un crecido número de libritos impresos en Friburgo.
Una de esas pinturas en lienzo con que los titiriteros adornan la delantera de sus teatros, está colgada de una de las vigas trasversales del techo, sin duda para que el cuadro no se estropee permaneciendo mucho tiempo enrollado. En el lienzo se lee esta inscripción:
"Verídica y memorable conversión de Ignacio Morok, llamado el Profeta, acaecida en el año de 1828 en Friburgo"
Este cuadro, de mayor tamaño que el natural, de color muy vivo, de un carácter bárbaro, dividido en tres secciones, representa en acción tres fases importantes de la vida de este converso llamado el "Profeta".
En el primero se ve a un hombre de luenga barba, de un rubio casi blanco, de semblante feroz y vestido de pieles de rengífero, como lo están los pueblos salvajes, del norte de la Siberia; cubre su cabeza una gorra de zorro negro terminado por una cabeza de cuervo; sus facciones manifiestan el terror, encorvado sobre su trineo, que, tirado por seis grandes perros rojos se desliza por la nieve, huye de una turba de zorros, lobos, osos monstruosos, los cuales, con la boca abierta y armada de enormes dientes, parecen capaces de devorar al hombre, a los perros y al trineo.
Debajo de este primer cuadro se lee:
"En 1810 Morok es idólatra: huye de las fieras".
En la segunda sección, vestido sencillamente "Morok" con el ropaje blanco de catecúmeno, está arrodillado con las manos juntas, delante de un hombre negro con alzacuello blanco; en un ángulo del cuadro se ve a un ángel sosteniendo una trompeta con una mano y con la otra una espada flamígera: salen de su boca estas palabras con caracteres rojos sobre fondo negro:
"Morok el idólatra huía de las fieras; las fieras huirán de Ignacio Morok convertido y bautizado en Friburgo".
En efecto, en la tercera sección, el nuevo convertido se ostenta orgulloso, triunfante con su largo vestido azul de pliegues flotantes; la cabeza erguida, el puño izquierdo sobre la cadera, la mano derecha extendida, parece aterrar a multitud de tigres, hienas, osos, leones que escondiendo sus garras y ocultando sus dientes, se arrastran a sus pies sumisos y temerosos.
Debajo de esta sección se lee en forma de conclusión moral:
"Ignacio Morok está convertido: las fieras se arrastran a sus pies".
Cerca de estos cuadros hay rimeros de libritos, igualmente impresos en Friburgo, en los cuales se refiere que por un milagro, el idólatra Morok, una vez convertido había adquirido de repente un poder sobrenatural, casi divino, del que no podían librarse los animales más feroces, como lo probaban todos los días los ejercicios a que se entregaba el domador de fieras, no tanto para hacer ostentación y alarde de su valor y audacia, cuanto para glorificar al Señor.
* * *
Por entre la trampa abierta en el desván, exhálase un olor salvaje, fuerte, penetrante.
Óyense de vez en cuando algunos resuellos sonoros y fuertes, algunas aspiraciones profundas, un rumor como el que pudiera formar un gran cuerpo que se encogiese o estirase pesadamente sobre un lecho de tablas.
Un hombre solo está en el desván.
Es Morok, el domador de fieras llamado el "Profeta".
Tiene cuarenta años; su estatura es mediana y sus miembros extremadamente delgados y flacos; una larga pelliza de color de sangre, torrada de negro, lo envuelve completamente: su tez, naturalmente blanca, se ha vuelto cetrina por la existencia errante a que está acostumbrado desde su infancia; sus cabellos, de ese rubio amarillo, propio de ciertos pueblos de las regiones polares, caen lasos y tiesos sobre sus hombros; su nariz es pequeña y encorvada, alrededor de sus pómulos salientes se dibuja una larga barba casi blanca a fuerza de ser rubia.
Lo que hace rara la fisonomía de este hombre son sus párpados muy abiertos y levantados que permiten ver su pupila salvaje, siempre rodeada de un círculo blanco... La mirada fija, extraordinaria, ejercía cierta fascinación sobre los animales, lo que por otra parte no impedían al "Profeta" emplear también para domarlos el terrible arsenal que le rodeaba.
Sentado delante de una mesa, acaba de abrir el doble fondo de una cajita llena de rosarios y otros objetos para uso de los devotos; en este doble fondo, cerrado con un secreto, se hallan muchos paquetes sellados, sin más sobre que un número combinado con una letra del alfabeto. "El Profeta" coge uno de estos paquetes, lo guarda en el bolsillo de su pelliza y cerrando después el secreto del doble fondo, coloca la caja sobre una mesa.
Esta escena pasa a las cuatro de la tarde en la posada del "Halcón blanco", única hospedería del villorrio de Mockern, situado cerca de Leipzig, viniendo del Norte a Francia.
Después de algunos momentos, un rugido ronco y subterráneo hizo temblar el desván.
—¡"Judas"! cállate —dijo el "Profeta" con acento amenazador volviendo la cabeza hacia la trampa.
Oyóse entonces otro gruñido sordo, pero tan formidable como un trueno lejano.
—¡"Caín"! calla grita Morok levantándose.
Otro rugido, de una ferocidad inexplicable, estalla de repente.
—¡Callarás! ¡"Muerte"! —exclama el Profeta y se precipita hacia la trampa, dirigiéndose a un tercer animal invisible que lleva aquel fúnebre nombre.
A pesar de la habitual autoridad de su voz, a pesar de sus reiteradas amenazas, el domador de fieras no puede obtener silencio; al contrario, pronto los aullidos de muchos mastines se unen a los rugidos de las fieras.
Morok coge una pica, se aproxima a la escalera, y se dispone a bajar, cuando ve a una persona salir de la trampa.
El recién llegado es de rostro moreno y curtido; cubre su cabeza un sombrero blanco de alas anchas; consiste su vestido en una chupa corta y un ancho pantalón de paño verde; sus polainas de cuero, llenas de polvo, anuncian que ha andado una larga jornada, y lleva a la espalda un morral sostenido con una correa.
—¡Malditos animales! —gritó al poner el pie en la habitación; no parece sino que en tres días me han olvidado... "Judas" ha sacado la garra por entre las rejas de su jaula, y la "Muerte" ha saltado como una furia... No me conocen ya.
Estas palabras fueron dichas en alemán...
Morok contestó, expresándose en el mismo idioma con sólido acento extranjero.
—¿Buenas o malas noticias, Karl? —preguntó con inquietud.
—Buenas, afortunadamente.
—¿Los has encontrado?
—Ayer, a dos leguas de Winttemberg...
—¡Gracias a Dios! exclamó Morok juntando las manos con expresión de satisfacción inmensa.
Nada más sencillo... Ya se sabe cuál es el camino recto de Rusia a Francia, y podía apostarse mil contra uno a que los hallaría entre Wittemberg y Leipzig.
—¿Y las señas?
—Inequívocas; las dos jóvenes llevan luto, el caballo es blanco, el viejo tiene largos bigotes, un gorro azul, un capote gris, y detrás le sigue un perro de la Siberia que nunca se aparta de él.
—¿Y los has dejado? ...
—A una legua, antes de media hora estarán aquí.
—Y a esta posada, puesto que es la única que hay en el pueblo —dijo Morok con aire pensativo.
—Y que ya se acerca la noche —añadió Karl.
—¿Hiciste hablar al viejo?
—¡A él! ¡Ni intentarlo!
—¿Cómo!
—Intentadlo vos.
—¿Por qué no?
—Es imposible.
—¡No es posible!
—¿Por qué?
Vais a saberlo. Todo el día de ayer los seguí hasta la posada, aparentando encontrarlos por casualidad; hablé al viejo en alemán, diciéndole lo que suelen decirse los que viajan ¡"Buenos días y buen viaje, compañero"! Sin responderme, miróme de reojo, y con la contera de su bastón me señaló el otro lado del camino.
—Como es francés, no comprenderá el alemán.
—Lo habla al menos tan bien como vos, puesto que en la posada le oí pedir al huésped lo que necesitaba para sí y para las jóvenes.
—¿Y en la posada no procuraste entablar conversación?
—Una sola vez; pero me recibió tan brutalmente, que por no comprometerme, no quise intentarlo otra vez. Así que debo preveniros que ese hombre tiene la pinta del diablo; creedme, a pesar de su bigote cano, parece todavía tan vigoroso, aunque descarnado como un esqueleto, que no se cuál de los dos, si él o mi camarada el gigante Goliat, vencería en una lucha. Ignoro vuestros proyectos, pero cualesquiera que sean os aconsejo que viváis muy prevenido.
—Mi pantera negra de Java era también muy vigorosa y muy mala —dijo Morok con sonrisa desdeñosa y siniestra.
—¿La Muerte? ... En efecto, y todavía es tan vigorosa y tan mala como siempre. Sólo para vos es casi mansa.
—Del mismo modo domeñaré a ese viejo soberbio a pesar de sus fuerzas brutales.
—¡Hum! ¡hum! no os fiéis mucho; sois hábil, tan valiente como cualquiera, pero creedme; jamás convertiréis en cordero al viejo lobo que va a llegar aquí en breve.
—¿No se arrastran delante de mí con espanto mi león "Caín" y mi tigre "Judas"?
—Ya lo creo, porque poseéis esos medios que...
—Porque tengo fe... ahí está todo —dijo imperiosamente Morok, interrumpiendo a Karl, y acompañando tales palabras de una mirada tal, que el otro bajó la cabeza y enmudeció.
—¿Pues qué, aquél a quien el Señor protege en su lucha contra las fieras, no será también protegido por él en sus luchas contra los hombres, cuando éstos son perversos e impíos? —añadió el Profeta con aire triunfante e inspirado.
Sea por fe que tenía en la convicción de su amo, o porque no se creyera capaz de sostener con él una controversia sobre tan delicado asunto, Karl respondió humildemente al Profeta:
Sois más sabio que yo, señor; lo que hacéis, debe estar bien hecho.
—¿Has seguido a ese viejo y a esas dos jóvenes durante todo el día?
—Sí. pero a distancia; como conocía bien el país, tan pronto cortaba atravesando el valle como la montaña, siguiendo con la vista el camino en que los veía siempre; la última vez que los vi me oculté detrás del molino de agua del tejar. Como se hallaban en la mitad del camino y la noche estaba próxima, he apresurado el paso para tomarles la delantera, y anunciaros lo que llamáis una buena noticia.
—Muy buena... sí... muy buena... y serás recompensado, porque si esas gentes se me hubiesen escapado... el Profeta tembló y no acabó.
Por su fisonomía, por el acento de su voz, adivinábase la suma importancia que tenía para él la noticia que acababan de darle.
—En resumidas cuentas —replicó Karl—preciso es que sea cosa de gran interés, cuando ese correo ruso lleno de galones, que ha venido a toda brida desde San Petersburgo a Leipzig en busca vuestra... Acaso sería para...
Morok interrumpió bruscamente a Karl exclamando:
—¿Quién te ha dicho que la llegada de ese correo tenga nada que ver con esos viajeros? Tú te engañas, y no debes saber más que lo que yo te manifieste.
—Enhorabuena, señor, perdonadme y no hablemos más sobre el particular. Ahora voy a quitarme mi morral y a ayudar a Goliat a dar de comer a las fieras, porque la hora de su comida se aproxima, si no ha pasado ya. ¿Se habrá descuidado mi gordo gigante?
—Goliat ha salido, debe ignorar que has venido, y sobre todo, es menester que el viejo y las jóvenes no te vean aquí, porque entrarían en sospechas.
—¿Adonde, pues, queréis que vaya?
—Retírate al camaranchón de la caballeriza; allí esperarás mis órdenes, porque será probable que esta noche salgas para Leipzig.
—Como gustéis; todavía tengo en mi morral algunas provisiones, y comeré en el camaranchón mientras descanso.
—Vete.
—Señor, acordaos de lo que he dicho: desconfiad del viejo de los bigotes blancos; lo creo capaz de cualquier cosa mala; desconfiad de él.
No tengas cuidado; yo desconfío siempre —dijo Morok.
—Entonces, buena suerte, mi amo.
Y Karl desapareció poco a poco, bajando por la escala.
Después de haber hecho a su criado una señal de despedida amistosa, el "Profeta" se paseó durante algún tiempo con aire pensativo; en seguida, aproximándose a la cajita de dos fondos que contenía algunos papeles, sacó de entre ellos una carta muy larga que leyó muchas veces con suma atención.
De vez en cuando, se levantaba para ir hasta la ventana cerrada que caía al patio interior de la posada y aplicar a ella el oído, porque esperaba impaciente la llegada de las tres personas cuya aproximación acababan de anunciarle.
II
LOS VIAJEROS
Mientras que la escena anterior pasaba en la posada del "Halcón Blanco" en Mockern, las tres personas cuya llegada esperaba con tanto afán Morok caminaban pacíficamente por en medio de risueñas praderas, limitadas a un lado por un río cuya corriente daba movimiento a un molino, y al otro por el camino real, que conducía a la aldea de Mockern.
El cielo estaba apacible; el hervidero del río, batido por la rueda del molino y reluciente de espuma, interrumpía solamente el silencio de aquella tarde, tan profundamente tranquila; sauces frondosos, inclinados sobre las aguas, proyectaban en ellas sus sombras verdes y transparentes, mientras que, más lejos, el río reflejaba tan espléndidamente el azul del cenit y las encendidas tintas del ocaso, que a no ser por las colinas que lo separaban del cielo, el oro y el azul de las aguas se hubieran confundido en una deslumbradora cascada con el oro y el azul del firmamento.
Por un sendero abierto en la hierba de las praderas, dos jóvenes, o mas bien dos niñas, pues acababan de cumplir quince años, cabalgaban en un caballo blanco de regular alzada, sentadas en una silla con respaldo en que ambas se sostenían cómodamente, pues eran de talle esbelto y delicado.
Un hombre de gran estatura, de rostro moreno y largos bigotes canos, conducía el caballo y volvíase de vez en cuando hacia las jóvenes con aire de solicitud a la vez respe—tuosa y paternal; apoyábase en un largo bastón; sus espaldas llevaban una mochila de soldado; su calzado empolvado y sus pasos algo lentos y perezosos, anunciaban que caminaba hacía ya largo tiempo.
Uno de esos perros que los habitantes del Norte de la Siberia enganchan a los trineos, vigoroso animal, casi del tamaño, forma y pelo de un lobo, seguía los pasos del conductor de la pequeña caravana, pisando. como vulgarmente se dice, los talones de su amo.
Nada más encantador que el grupo de estas dos jóvenes.
Una de ellas llevaba en la mano las riendas flotantes, y con su brazo derecho ceñía el talle de su hermana dormida, cuya cabe/a descansaba en su hombro. Cada paso del caballo imprimía a estos dos cuerpos flexibles una ondulación llena de gracia, y balanceaba sus menudos pies apoyados en una tablilla que les servía de estribo.
Llamábanse estas dos hermanas gemelas, por un capricho maternal. Rosa y Blanca; eran huérfanas, como lo manifestaban sus tristes vestidos de luto bastante usados.
De extrema semejanza y de igual estatura, era menester una constante costumbre de verlas para distinguir la una de la otra. El retrato de la que no dormía podía servir para ambas; la única diferencia que entonces había entre ellas, era que Rosa velaba y desempeñaba aquel día las funciones de hermana mayor, funciones así compartidas entre ellas por capricho de su guía, antiguo soldado del imperio, quien, fanático por la disciplina, había juzgado a propósito que alternase de ese modo entre las dos huérfanas la sumisión y el mando.
Greuse se hubiera inspirado con la vista de estas dos lindas cabezas, tocadas de terciopelo negro, por entre el cual se escapaban profusamente grandes bucles de cabellos castaños claros, ondulantes sobre su cuello y sus hombros, tersos y satinados. Un clavel rojo, húmedo de rocío, no es de un encarnado más subido que sus floridos labios; el delicado azul de la clemátide hubiera parecido sombrío al lado del límpido azul de sus grandes ojos, que reflejaban la dulzura de su carácter; frente pura y blanca, nariz pequeña y rosada y un hoyuelo en la barba, terminaban el admirable conjunto de candor y gracia de tan encantadoras criaturas.
Era menester verlas, cuando a los amagos de la lluvia o la tempestad, el viejo soldado envolvía a las dos en una gran pelliza de piel de rengífero y cubría sus cabezas con la ancha capucha de este vestido impermeable; entonces nada más seductor que estas dos lindas figuras, frescas y risueñas, abrigadas con aquel camail de color apagado.
Pero la tarde era apacible y deliciosa; la pesada capa estaba liada alrededor de las dos hermanas, y la capucha caía sobre el respaldo de su silla.
Rosa, que con su brazo derecho continuaba sujetando por la cintura a su hermana dormida, la contemplaba con una expresión de ternura maternal... porque aquel día Rosa era la mayor, y una hermana mayor es casi una madre.
No sólo se idolatraban las huérfanas, sino que por un fenómeno psicológico muy frecuente en los seres gemelos, se afectaban casi siempre al mismo tiempo; la emoción de la una se reflejaba en la fisonomía de la otra; una misma causa las hacia temblar y ruborizarse; tan al unísono latían sus tiernos corazones: en fin, alegrías ingenuas, pesares amargos, todo entre ellas era mutuamente sentido y comunicado.
Acometidas a la vez en su infancia de una cruel enfermedad, como dos flores sobre un mismo tallo, se habían doblado, palidecido y marchitado juntas; pero juntas también habían recobrado sus puros y vivos colores.
¿Será menester decir que no hubieran podido romperse estos lazos misteriosos, indisolubles, que unían a las dos gemelas, sin dar un golpe mortal a la existencia de estas dos niñas?
Del mismo modo esas encantadoras parejas de pájaros llamados "inseparables", no pudiendo vivir sino con una vida común, se entristecen, se desesperan y mueren cuando una mano cruel separa al uno del otro.
El conductor de las huérfanas, hombre de cerca de cincuenta años y continente militar, ofrecía el tipo inmortal de los soldados de la república y del imperio; heroicos hijos del pueblo que se hicieron en una campaña los primeros soldados del mundo, para probar lo que puede, lo que hace el pueblo, cuando sus verdaderos escogidos depositan en él su confianza y su fuerza.
Este soldado, guía de las dos hermanas, antiguo granadero a caballo de la guardia imperial, había sido conocido con el sobrenombre de “Dagoberto”; su fisonomía grave y severa, era duramente acentuada; sus bigotes canos, largos y poblados, ocultaban por completo su labio inferior y bajaban hasta la barba; sus enjutas mejillas color de ladrillo, y curtidas como pergamino, estaban cuidadosamente rasuradas; espesas cejas todavía negras cubrían casi sus ojos, que eran de un azul claro; sus pendientes de oro descendían hasta su cuello militar, bordado de blanco; un cinturón de cuero ceñía su capote y una gorra de cuartel, azul con franja roja, inclinada a la izquierda, abrigaba su calva cabeza.
Dotado en otro tiempo de una fuerza hercúlea, pero teniendo siempre el corazón de un león, bueno y sufrido, porque era valeroso y fuerte, mostraba Dagoberto para con las dos huérfanas, a pesar de la dureza de su fisonomía, un tierno afecto, y una ternura adorable, casi maternal... porque para el heroísmo de la afección, corazón de madre corazón de soldado.
De una calma estoica, reprimiendo toda emoción, jamás desmentía Dagoberto su inalterable sangre fría; así es que, aunque nadie fuese más chancero que él, convertíase a veces en un verdadero cómico por esa misma imperturbable tranquilidad que empleaba en todas las cosas.
De vez en cuando, y al mismo tiempo que caminaba, Dagoberto se volvía para hacer una caricia o decir una palabra amistosamente al buen caballo blanco que servía de cabalgadura a las huérfanas, y cuyos largos dientes manifestaban su respetable edad: dos profundas cicatrices, la una en un ijar y la otra en el pecho, probaban que este caballo había asistido a sangrientas batallas; así es que no sin cierta apariencia de orgullo, sacudía a veces su vieja brida militar, cuyo bocado de bronce, representaba todavía un águila en relieve; su andadura era regular, su pelo reluciente, su gordura mediana, la espuma que cubría su freno, revelaban esa salud que los caballos adquieren con el trabajo continuo pero moderado, de un largo viaje en jornadas cortas; aunque hacía seis meses que se había puesto en camino, este valiente animal llevaba tan alegremente como al tiempo de partir a las dos huérfanas, y una maleta bastante pesada puesta detrás de la silla.
Si hemos hablado del tamaño desmesurado de los dientes de este caballo —señal irrecusable de gran vejez—, es porque los mostraba frecuentemente con el único objeto de permanecer fiel a su nombre (llamábase "Jovial") y de hacer alguna perversa pasada de que el perro era víctima.
Este último, llamado sin duda por contraposición "Malasombra", no separándose jamás de su amo se hallaba al alcance de "Jovial", que de vez en cuando lo cogía delicadamente por la piel del lomo, lo levantaba y lo llevaba así durante un instante: el perro protegido por su espesa lana, sometíase con una complacencia estoica: solamente cuando la chanza le parecía que duraba mucho, "Malasombra" volvía su cabeza gruñendo, y "Jovial" que entendía la directa, se apresuraba a dejarlo en tierra; otras veces, sin duda para evitar la monotonía, "Jovial" mordía ligeramente la mochila del soldado, que parecía, lo mismo que el perro, perfectamente habituado a estos retozos.
Estos pormenores bastarán para juzgar la excelente armonía que reinaba entre las dos hermanas gemelas, el viejo soldado, el caballo y el perro.
La pequeña caravana marchaba intranquila por llegar antes de la noche a la aldea de Mockern que se veía en la cumbre de la colina.
Dagoberto miraba de vez en cuando a su alrededor y parecía reunir sus recuerdos, poco a poco sus facciones se oscurecieron; cuando estuvo cerca del molino cuyo ruido había llamado su atención, se paró, pasó muchas veces sus largos bigotes entre sus dedos pulgar a índice; señal que revelaba en él una emoción fuerte y concentrada.
Como "Jovial" hubiese hecho una brusca parada detrás de su amo, Blanca despertó sobresaltada por este movimiento y levantó la cabeza; su primera mirada se dirigió a su hermana a quien sonrió afablemente. Después las dos cambiaron un signo de sorpresa, al ver a Dagoberto inmóvil con las manos juntas sobre su largo bastón, y presa al parecer de una emoción penosa y profunda. Las huérfanas se hallaban entonces al pie de un cerro poco elevado, cuya cumbre se ocultaba bajo el follaje espeso de una inmensa encina plantada en la mitad de este pequeño repecho.
Rosa, viendo que Dagoberto continuaba inmóvil y pensativo, se inclinó sobre su silla y apoyando su pequeña mano blanca sobre el hombro del soldado que le volvía la espalda, le preguntó dulcemente: —¿Qué tienes, Dagoberto?
El veterano se volvió, y las dos hermanas no pudieron menos de asombrarse al ver una gruesa lágrima, que después de haber trazado su húmedo surco en la mejilla curtida del soldado, perdióse en su poblado bigote.
—¡Tú llorando! —gritaron Rosa y Blanca profundamente conmovidas—. ¡Por Dios! Dinos qué tienes...
Después de un momento de perplejidad pasó sobre sus ojos su callosa mano, y dijo a las huérfanas con voz conmovida, mostrándoles la encina secular cerca de la cual se hallaban:
—Voy a entristeceros, pobres niñas, pero, sin embargo, es sagrado lo que voy a deciros... Diez y ocho años hace, la víspera de la gran batalla de Leipzig, traje a vuestro padre al lado de este árbol... tenía dos sablazos en la cabeza... un balazo en el hombro... Aquí es donde él, y yo, que a mi vez recibí dos lanzazos, fuimos hechos prisioneros. ¿Y por quién? por un maldito... sí, por un francés, un marqués emigrado, coronel al servicio de los rusos; y que más tarde... en fin, algún día... sabréis todo esto...
Después de algunos momentos de silencio, indicando el veterano con la contera de su bastón la aldea de Mockern, añadió:
—Sí... sí, reconozco el sitio; aquellas son las alturas en que vuestro valiente padre que nos mandaba, a nosotros y a los polacos de la guardia, venció a los coraceros rusos después de haberles quitado una batería. ¡Ay hijas mías! —añadió candorosamente el soldado: —hubiera querido que hubieseis visto a vuestro valiente padre a la cabeza de nuestra brigada de granaderos de a caballo, dar una carga en medio de una granizada de bombas. Nada más sublime.
Mientras que Dagoberto expresaba a su manera sus pesares y sus recuerdos, las dos huérfanas, por un movimiento espontáneo, se dejaron deslizar ligeramente del caballo y asidas de las manos fueron a postrarse al pie de la vieja encina.
En seguida estrechándose la una contra la otra, se pusieron a llorar, mientras que, el soldado de pie detrás de ambas, cruzaba sus manos sobre su largo bastón y reclinaba en ellas su frente calva.
—Vamos, vamos, es menester no entristeceros —dijo dulcemente al cabo de algunos minutos, viendo correr las lágrimas por las sonrosadas mejillas de Rosa y Blanca que continuaban arrodilladas—; acaso encontraremos al general Simón en París —añadió—; esta noche en la posada os explicaré todo esto. Expresamente he esperado hasta hoy para deciros muchas cosas acerca de vuestro padre; se me ha ocurrido esta idea... porque este día es a manera de un aniversario.
—Lloramos porque pensamos también en nuestra madre —dijo Rosa.
—En nuestra madre que no volveremos a ver sino en el cielo—añadió Blanca.
El soldado levantó a las huérfanas, y mirándolas alternativamente con una expresión de inefable cariño, que hacía más interesante el contraste de su tosca figura, les dijo:
—Es menester no entristeceros así, niñas mías. Vuestra madre era la mejor de las mujeres, es verdad. Cuando vivía en Polonia era llamada "la perla de Varsovia"; la perla del mundo entero, deberían haberla llamado, porque en el mundo entero no se hubiera hallado otra igual.
La voz de Dagoberto se alteraba, calló y pasó sus largos bigotes canos entre sus dedos pulgar e índice, según costumbre.
—Escuchad, hijas mías —añadió después de haber dominado su emoción —. Vuestra madre no podía menos de daros los mejores consejos, ¿no es verdad?
—Sí, Dagoberto.
Pues bien, ¿qué os encargó antes de morir? Pensar siempre en ella, pero sin desesperaros.
—Así es la verdad; nos dijo que Dios, siempre bueno para las pobres madres cuyos hijos quedan sobre la tierra, le permitiría oírnos desde el cielo —dijo Blanca.
—Y que tendría siempre fijos los ojos en nosotras —añadió Rosa. Al momento las dos hermanas, por un movimiento espontáneo, lleno de gracia encantadora, se asieron de la mano, volvieron hacia el cielo sus cándidas miradas, y dijeron con la adorable fe de su edad:
—¿No es verdad, madre? ¿tú nos ves? ... ¿tú nos oyes? ...
—Puesto que así es —dijo Dagoberto conmovido no la apesadumbréis estando tristes... os lo ha prohibido.
—Tienes razón, Dagoberto. —Se acabó el pesar. Y las huérfanas enjugaron sus ojos.
Dagoberto desde el punto de vista devoto, era un verdadero pagano: en España había acuchillado con extrema sensualidad a los frailes de todos hábitos y de todos colores que llevaban el crucifijo en la mano y el puñal en la otra, defendiendo, no la libertad, (la Inquisición la ahogaba siglos hacía), sino sus monstruosos privilegios. Sin embargo, Dagoberto había asistido desde cuarenta años a espectáculos de una grandeza terrible; había visto tantas veces de cerca a la muerte, que el instinto de religión natural, había siempre dominado en su alma. Así que, aunque no hubiese participado de la consoladora ilusión de las dos hermanas, habría considerado como un crimen la menor tentativa para destruirla.
Al verlas menos tristes dijo:
—Os felicito, hijas mías; prefiero charlar como charlabais esta mañana y ayer, riéndoos a hurtadillas de vez en cuando, y no contestándome a lo que yo os decía. Tanto os preocupaba vuestra conversación. Sí, sí, señoritas... ya van dos días que parecéis tener entre manos asuntos muy importantes; tanto mejor, sobre todo si esto os divierte.
Las dos hermanas se ruborizaron, se dirigieron mutuamente una semisonrisa que contrastó con las lágrimas que humedecían todavía sus ojos, y Rosa dijo al soldado no sin algún embarazo.
—No, Dagoberto, te aseguro que sólo hablamos de cosas indiferentes.
—Bien, bien, nada quiero saber... Pero descansad algunos instantes más, y en seguida nos pondremos en camino, porque se hace tarde, y es menester que antes de la noche estemos en Mockern, para emprender nuestro viaje mañana temprano.
—¿Nos queda todavía mucho que andar? —preguntó Rosa.
—¿Para ir hasta París? Sí, hijas mías, sí, un ciento de jornadas. No vamos muy deprisa, pero adelantamos y viajamos económicamente, porque nuestra bolsa es reducida; un gabinete para vosotras, un jergón de paja y una manta para mí delante de vuestra puerta con "Malasombra" a mis pies, un poco de paja fresca para el viejo "Jovial", he aquí nuestros gastos de viaje: no hablo del alimento, porque coméis las dos menos que un pájaro, y yo me he acostumbrado en Egipto y en España a no tener hambre sino cuando podía.
—Y te dejas en el tintero que para economizar mucho más desempeñas en el camino las funciones domésticas de una mujer, sin permitir jamás que te ayudemos. En fin, cuando pienso que lavas casi todas las noches en las posadas, como si nosotras no estuviéramos aquí... que...
—¿Vosotras? —dijo el soldado interrumpiendo a Blanca; —ahora dejaría yo que se hicieran grietas en vuestras lindas manitas con el agua de jabón, ¿no es verdad? Además, ¿en campaña no lava el soldado su ropa? Aquí donde me veis, era la mejor lavandera de mi compañía. ¿Y planchar? no digo nada...
—¡Oh! sí, planchas muy bien, muy bien...
—Menos cuando chamuscas lo que planchas —dijo Rosa sonriendo.
—Es verdad, pero eso sólo sucede cuando la plancha está demasiado caliente. Buen cuidado tengo de aproximármela a la cara, pero es mi piel tan dura, que apenas el calor... —dijo Dagoberto con gran seriedad.
—¿No conoces que nos chanceamos, buen Dagoberto?
—Entonces, hijas mías, si os parece que desempeño bien mi oficio de lavandera, dejadme que continúe así; esto es menos caro, y viajando no hay economías pequeñas, sobre todo para personas pobres como nosotros; porque al menos es menester que tengamos con qué llegar a París. Nuestros papeles y las medallas que lleváis harán lo demás; al menos debemos esperarlo así.
—Esta medalla es sagrada para nosotras... nuestra madre nos las dio al morir.
—Por esta razón debéis procurar no perderla: aseguraos de vez en cuando que la lleváis.
—Mírala —dijo Blanca, sacando de su seno una medalla de bronce que llevaba colgada al cuelo.
Esta medalla presentaba en sus dos caras las inscripciones siguientes:
Víctima
De
L. C. D. J.
Rogad por mí
París
13 de febrero de 1682 En París
Calle de S. Fran.º 3
Dentro de siglo y medio
Estaréis en
13 de febrero de 1832
Rogad por mí
—¿Qué significa esto, Dagoberto? —preguntó Blanca contemplando estas lúgubres inscripciones—. Nuestra madre no pudo manifestármelo.
—De todo eso hablaremos esta noche en la posada —respondió Dagoberto—; se hace tarde, partamos; guardad bien esa medalla, y vamos ligeros; todavía nos queda una hora de camino antes de llegar al pueblo. Caminemos, pobres niñas, y dirigir otra mirada a ese cerro donde cayó vuestro padre... ¡y a caballo! ¡a caballo!
Las dos huérfanas dirigieron su última y piadosa mirada al sitio que tan penosos recuerdos había inspirado a su guía, y con su auxilio volvieron a montar sobre "Jovial".
El animal no había pensado un momento en alejarse; pero como veterano de consumada previsión, había aprovechado los momentos sacando del suelo extranjero un buen diezmo de hierba verde y tierna, ante las miradas envidiosas de "Malasombra", cómodamente tendido sobre el prado con el hocico estirado entre sus dos patas delanteras. Al darse la señal de partida, el perro volvió a tomar su puesto detrás de su amo; Dagoberto, sondeando el terreno con la contera de su largo bastón, conducía el caballo por la brida con precaución, porque la pradera era cada vez más pantanosa; después de algunos pasos se vio obligado a oblicuar hacia la izquierda, a fin de salir al camino real.
Al llegar a Mockern preguntó Dagoberto por la posada más modesta del pueblo y le contestaron que no había más que una en todo él: la del "Halcón-Blanco".
—Vamos, pues a la posada de "Halcón-Blanco" —dijo el soldado.
III
LA LLEGADA
Muchas veces ya Morok, el domador de fieras, había abierto impacientemente el postigo de la ventanilla del desván a fin de acechar la llegada de las dos huérfanas y el soldado; viendo que no venían, volvió a pasearse lentamente con los brazos cruzados, meditando el medio de ejecutar el plan que había concebido: Mucho debían agitarle sus ideas, porque sus facciones parecían más siniestras aún que de costumbre.
A pesar de su apariencia feroz, no carecía este hombre de inteligencia; la intrepidez que ostentaba en sus ejercicios, y que por medio de una hábil charla atribuía a su reciente estado de gracia; un lenguaje algunas veces místico y solemne, y por último una hipocresía austera, le habían dado una especie de influencia sobre los pueblos que visitaba frecuentemente en sus excursiones.
Sospéchase con fundamento que mucho antes de su conversión se había familiarizado Morok con las costumbres de los animales salvajes. En efecto, nacido en el Norte de la Siberia, había sido, joven todavía, uno de los más valientes cazadores de osos y rengíferos: más tarde, en 1810, abandonando esta profesión para servir de guía a un ingeniero ruso, encargado de hacer exploraciones en los países polares habíale seguido a San Petersburgo: allí Morok, después de algunas contrariedades de fortuna, fue empleado en los correos imperiales, autómatas de hierro, a quienes el menor capricho del déspota lanza sobre un débil trineo en la inmensidad del imperio desde la Persia hasta el mar Glacial. Para esos hombres que viajan de día y de noche con pasmosa rapidez, no hay estaciones, ni obstáculos, ni fatigas, ni peligros: proyectiles humanos, es preciso que revienten o que lleguen a su destino, de este modo se concibe la audacia, el vigor y la resignación de los hombres habituados a semejante vida.
Inútil es decir ahora por qué circunstancias abandonó Morok este rudo ejercicio y tomó otra profesión, entrando como catecúmeno en una causa religiosa de Friburgo, después de lo cual, bien y debidamente convertido, había principiado sus excursiones nómadas con una colección de fieras, cuyo origen se le ocultaba.
* * *
Morok continuaba paseándose en su desván. Había llegado la noche.
Las tres personas que tan impacientemente esperaba no aparecían. Su marcha era cada vez más nerviosa y agitada.
Párase de repente, inclina la cabeza al lado de la ventana, y escucha. Este hombre tenía el oído tan delicado como un salvaje.
—¡Ahí están ya! ... —exclamó.
Y su pupila feroz brilló con una alegría diabólica. Acababa de reconocer el paso de un hombre y de un caballo. Dirigiéndose al postigo de su desván, lo entreabrió prudentemente, y vio entrar en el patio a las dos jóvenes a caballo y al viejo soldado que les servía de guía.
La noche era sombría, un fuerte viento hacía vacilar la luz de los faroles, a cuya claridad eran recibidos estos nuevos huéspedes; las señas dadas a Morok eran tan exactas que no podían equivocarse. Seguro de su presa cerró la ventana.
Después de haber reflexionado un momento se inclinó hacia la trampa donde estaba colocada la escala que servía de escalera y llamó:
—¡Goliat!
—¡Señor! —respondió una voz ronca.
—¡Ven al momento!
—Aquí estoy... Vengo de la carnicería y traigo carne.
Los pies derechos de la escalera temblaron y pronto apareció una cabeza enorme al nivel del piso.
Goliat, así llamado porque medía más de seis pies, y, espaldas como las de Hércules, era horroroso; sus ojos bizcos se hundían bajo una frente pequeña y saliente; su cabellera y barba roja, espesa y áspera como crines, daban a sus facciones un carácter bestial, sus anchas quijadas estaban armadas de dientes semejantes a garfios, y traía enganchado en ellos un pedazo de carne cruda que pesaba diez o doce libras, pareciéndole, sin duda, más cómodo llevarla así, a fin de servirse de sus manos para subir la escalera que oscilaba bajo su peso.
Por fin, acabó de salir de la trampa este gordo y gran cuerpo: por su cuello de toro, por la admirable anchura de su pecho y de sus espaldas, y por la robustez de sus brazos y de sus piernas, se veía que este gigante podía sin temor luchar cuerpo a cuerpo con un oso.
Llevaba un pantalón viejo, azul con listas encarnadas, guarnecido de badana, y una especie de casacón o más bien coraza de cuero muy grueso, arañado en varias partes por las uñas de los animales.
Cuando entró en el desván, Goliat abrió la boca y dejó caer en el suelo el trozo de carne, lamiendo con ansia sus bigotes ensangrentados.
Esta especie de monstruo, había principiado por comer carne cruda en las ferias mediante una retribución del público. Después, habiéndose acostumbrado a este alimento salvaje, y uniendo su gusto a su interés, abría los ejercicios de Morok devorando delante de la multitud algunos trozos de carne cruda.
—La ración de la "Muerte" y la mía, están abajo: esta es la de "Caín" y "Judas" dijo Goliat mostrando el pedazo de vaca—. ¿Donde está el machete? La dividiré en dos pedazos... nada de preferencias... bestia u hombre, a cada boca su ración.
Arremangándose entonces una de las mangas de su casacón, enseñó un brazo velludo como la piel de un lobo, y surcado por venas gruesas como un dedo.
—Pero, señor, ¿dónde está el machete? —replicó, buscando con los ojos esa arma.
En lugar de contestar a esa pregunta, el Profeta dirigió otras muchas a su acólito.
—¿Estabas abajo cuando han llegado a la posada unos viajeros?
—Sí, señor, venía de la carnicería.
—¿Sabes quiénes son esos viajeros?
—Vienen dos jóvenes en un caballo blanco; les acompaña un viejo de grandes bigotes... Pero el machete... Las fieras tienen hambre, y yo también. El machete...
—¿Dónde han hospedado a esos viajeros?
—El posadero ha conducido a las jóvenes y al viejo al fondo del patio.
—¿Al departamento que da al campo?
—Sí, señor... pero el...
Un concierto de horripilantes rugidos conmovió el desván e interrumpió a Goliat.
—¿Oís? —exclamó—; el hambre las enfurece. Si pudiese yo rugir, haría lo que ellas. Jamás he visto a "Judas" y a "Caín" como esta noche; no hacen más que brincar y tirarse a las rejas de la jaula como si quisieran destruirlas... En cuanto a la "Muerte", sus ojos brillan más que nunca; parecen dos brasas. ¡Pobre "Muerte"!
Morok replicó sin reparar en las observaciones de Goliat.
—De modo que las jóvenes están alojadas en las habitaciones del fondo del patio.
—Sí, sí; pero el cuchillo. Desde la partida de Karl es preciso que yo lo haga todo, y eso retarda nuestra comida.
—¿El viejo se ha quedado con las jóvenes? —preguntó Morok. Goliat, estupefacto, porque a pesar de sus instancias su amo no se cuidaba de la comida de sus animales, contemplaba al Profeta con creciente sorpresa.
—Responde, bruto.
—Sí, soy bruto, tengo la fuerza de los brutos —dijo Goliat, con brusco tono—; y bruto, no suelo perder siempre.
—Te pregunto si el viejo se ha quedado al lado de las jóvenes —repitió Morok.
—Pues bien, no —respondió el gigante—, el viejo, después de haber conducido su caballo a la cuadra, ha pedido un cubo de agua y situándose en el portal a la claridad del farol, enjabonaba la ropa. ¡Un hombre con bigotes grises jabonando como una lavandera! Es como si yo diera alpiste a los canarios —añadió Goliat levantando los hombros con desprecio—: Ahora que he respondido, amo, permitid que me ocupe en la comida de las fieras. Después, como buscando algo con los ojos, exclamó—: Pero ¿dónde está ese cuchillo?
—¿Tendrías un momento de silencio? —el Profeta dijo a Goliat—. No quiero que des de comer a las fieras esta noche.
Goliat no respondió; abrió desmesuradamente sus ojos bizcos, juntó las manos y retrocedió dos pasos.
¿Me entiendes? dijo Morok con impaciencia.
—¿No comer, cuando está aquí nuestra carne, cuando nuestra cena se ha demorado tres horas? —gimió Goliat asombrado.
—Obedece... y ¡cállate!
—Pero ¿queréis que suceda alguna desgracia esta noche? El hambre va a enfurecer a los animales y a mi también! ¡Mucho mejor! Vamos a rabiar. ¡Tanto mejor!
—¿Cómo tanto mejor? Pero...
—¡Silencio!
—Por la piel del diablo, que yo tengo tanta hambre como ellas, y...
—¡Come! ¿quién te lo prohíbe? Tu cena está preparada porque tú comes la carne cruda.
—Ya, pero yo no como nunca sin mis fieras, ni ellas sin mí.
—Vuelvo a decirte que si tienes la desgracia de dar de comer a las fieras, te echo.
Goliat lanzó un rugido sordo tan ronco como el de un oso, mirando al Profeta con aire estupefacto y enojado.
Morok, luego de dar sus órdenes, se puso a pasear de arriba a bajo en el desván, entregándose a la meditación. Después dirigiéndose a Goliat, que seguía sumido en su profundo asombro dijo:
—¿Te acuerdas dónde está la casa del burgomaestre a donde he ido esta mañana para que viera mi licencia, y cuya mujer ha comprado unos libritos y un rosario?
—Sí—respondió brutalmente el gigante.
—Ve a preguntar a su criada si hallaré mañana muy temprano en su casa al burgomaestre.
—¿Y para qué?
—Acaso se me ocurra algo muy importante que decirle; de todos modos dile de mi parte que le suplique no salga hasta que yo le vea.
—Está bien; pero las fieras... ¿no podré darles de comer antes de ir a casa del burgomaestre? Por lo menos a la pantera de Java, que es la que tiene más hambre. Vamos, amo, siquiera la "Muerte", le daré un bocado no más, "Caín", yo y "Judas", esperaremos.
—A la pantera, sobre todo, no te permito que le des de comer. Sí, a ella... menos que a los otros.
—¡Por los cuernos del diablo! —exclamó Goliat—, ¿qué tenéis hoy? No entiendo una palabra; es lástima que no esté aquí Karl: él, que es travieso, me ayudaría a saber por qué impedís que las fieras que tienen hambre coman.
—No necesitas comprender.
—¿Y qué, no volverá pronto Karl?
—Ya ha vuelto.
—¿Y dónde está?
—Se ha vuelto a marchar.
—¿Qué diantres está pasando? Aquí ocurre algo. Karl se va, vuelve, se va de nuevo y...
—No se trata de Karl, sino de ti: aunque hambriento como un lobo, eres malicioso como una zorra, y cuando quieres, tan malicioso como Karl.
Y Morok dio unos golpes amigablemente en el hombro del gigante, cambiando de repente de fisonomía y lenguaje.
—¡Yo malicioso!
La prueba es que hay diez florines que ganar esta noche y que tendrás bastante malicia para ganarlos... No me cabe duda.
—Por esa cantidad sí soy malicioso —dijo el gigante sonriéndose con aire estúpido y contento—. ¿Qué hay que hacer para ganar esos diez florines?
—Ya lo verás. ¿Es difícil?
—Ten paciencia. Para empezar ve a casa del burgomaestre, pero antes enciende ese hornillo —y mostró con el dedo a Goliat el hornillo.
—Sí, amo—dijo el gigante algo consolado de su falta de cena con la esperanza de ganar diez florines.
—En ese hornillo pondrás a calentar esa vara de acero —dijo el Profeta.
—Sí, amo.
—La dejarás allí, irás a casa del burgomaestre, y me esperarás en volviendo.
—Sí, amo.
—Procura que no se apague el fuego del hornillo.
—Sí, amo.
Morok dio un paso para salir; después, como recordando algo dijo: —¿Dices que el viejo está ocupado en lavar en el soportal?.
—Sí, amo.
No olvides nada; la vara de acero en el fuego, el burgomaestre, y espera mis órdenes aquí al volver.
Diciendo esto el Profeta, descendió del desván por la trampa, y desapareció.
IV
MOROK Y DAGOBERTO
No se había engañado Goliat. Dagoberto enjabonaba la ropa con la misma imperturbable seriedad con que hacía todas las cosas. Si se recuerdan las costumbres del soldado en campaña, nadie se maravillará de esta extravagancia aparente, y por otra parte, Dagoberto esperaba economizar la escuálida bolsa de las huérfanas, ahorrándolas también todo género de faenas. Así es que cada noche después de la marcha se consagraba a una porción de menudas ocupaciones femeninas. P



